¡Ay!, el amor...el amor...
¡Qué hijo de re mil putas que es el amor!
jueves 8 de octubre de 2009
miércoles 29 de julio de 2009
Comparaciones Odiosas
Clara quería explicarle a Josefina lo que había sentido cuando Octavio la besó aquella noche de estrellas palpitantes.
Pero aquél sentimiento era tan especial que cuando Clara intentaba explicarlo, las palabras se le volaban como hojas en el viento.
Josefina, que estaba ansiosa por conocer las emociones de su amiga, le recomendó que recurriera a comparaciones.
Clara sonrió como si hubiera visto el centro del universo y dijo: "Fue como caminar descalza sobre un colchón de la la lalas. No, mejor aún, como infinitos la la lalas cantado lalas en las lalas. Así, como las la la lalas caen sobre las lalas y las laralalas..¡Qué digo!, como todas las la la lalas que jamás hayas visto".
Josefina dejó a Clara hablando sola en el medio de la avenida, mientras Clara extendía sus brazos y dejaba que su cara se mojara con los suaves pétalos de las la la lalas en las laralalas.
Pero aquél sentimiento era tan especial que cuando Clara intentaba explicarlo, las palabras se le volaban como hojas en el viento.
Josefina, que estaba ansiosa por conocer las emociones de su amiga, le recomendó que recurriera a comparaciones.
Clara sonrió como si hubiera visto el centro del universo y dijo: "Fue como caminar descalza sobre un colchón de la la lalas. No, mejor aún, como infinitos la la lalas cantado lalas en las lalas. Así, como las la la lalas caen sobre las lalas y las laralalas..¡Qué digo!, como todas las la la lalas que jamás hayas visto".
Josefina dejó a Clara hablando sola en el medio de la avenida, mientras Clara extendía sus brazos y dejaba que su cara se mojara con los suaves pétalos de las la la lalas en las laralalas.
jueves 21 de mayo de 2009
Sueño
Soñé que tenía un perrito que se llamaba Scott y que hacía caca en todos los rincones de mi departamento.
Creo que mi papel higiénico me está haciendo daño.
jueves 30 de abril de 2009
lunes 2 de febrero de 2009
viernes 30 de enero de 2009
sábado 25 de octubre de 2008
Mi nombre
Mi verdadero nombre es horrible. Mis padres lo eligieron porque tuve la desventura de nacer el mismo día en el que había nacido mi abuela, así que parece que el homenaje era inevitable. Durante un tiempo fantasée con la idea de ser la reencarnación de ella. Mi madre quiso que hiciera terapia pero por suerte a mi padre le pareció que el psicoanálisis podía ser perjudicial para una nena de 7 años. "Ya encontrará su identidad", decía.
Mi adolescencia fue un calvario. No se puede ir a bailar cuando uno tiene un nombre horrible. Imagínenme en un boliche intentando que un muchachito medio borracho entendiera un nombre tan extraño y anacrónico. Generalmente la secuencia era la siguiente: después de 3 o 4 gritos el chico lograba comprender mi nombre, instantáneamente se sorprendía, luego se reía y al cabo de un rato terminaba olvidándolo y me preguntaba una de las preguntas que más odié en mi vida: "¿Cómo me dijiste que te llamabas?".
No se podía ir a bailar con ese nombre. Por más sexy que me vistiera, en el momento de revelar mi identidad, automáticamente me sentía gorda, vieja y malhumorada.
Por suerte hace 15 años una gran amiga de la familia logró que mi apodo de entrecasa "Cuni", trascendiera las barreras de la intimidad de mi hogar paterno. Siempre le estaré agradecida.
Desde ese entonces siempre fui Cuni. Creo que mucha gente que conozco no debe saber cuál es mi verdadero nombre, tal vez sea por eso que sólo tenga 48 amigos en Facebook.
Ahora cuando voy a bailar y me preguntan por mi nombre digo "Cuni" y a la mierda...después se verá....
Pero en realidad me llamo María Celia. Sí, Celia. Como Celia Cruz, como Celia Alcántara, como mi abuela...
Mi adolescencia fue un calvario. No se puede ir a bailar cuando uno tiene un nombre horrible. Imagínenme en un boliche intentando que un muchachito medio borracho entendiera un nombre tan extraño y anacrónico. Generalmente la secuencia era la siguiente: después de 3 o 4 gritos el chico lograba comprender mi nombre, instantáneamente se sorprendía, luego se reía y al cabo de un rato terminaba olvidándolo y me preguntaba una de las preguntas que más odié en mi vida: "¿Cómo me dijiste que te llamabas?".
No se podía ir a bailar con ese nombre. Por más sexy que me vistiera, en el momento de revelar mi identidad, automáticamente me sentía gorda, vieja y malhumorada.
Por suerte hace 15 años una gran amiga de la familia logró que mi apodo de entrecasa "Cuni", trascendiera las barreras de la intimidad de mi hogar paterno. Siempre le estaré agradecida.
Desde ese entonces siempre fui Cuni. Creo que mucha gente que conozco no debe saber cuál es mi verdadero nombre, tal vez sea por eso que sólo tenga 48 amigos en Facebook.
Ahora cuando voy a bailar y me preguntan por mi nombre digo "Cuni" y a la mierda...después se verá....
Pero en realidad me llamo María Celia. Sí, Celia. Como Celia Cruz, como Celia Alcántara, como mi abuela...
jueves 23 de octubre de 2008
Ruidos
El ventilador hace yingui yingui yingui...
el reloj, tic tac - tic tac - tic tac...
la canilla del baño hace pling pling pling...
la ventanita de la cocina, iii-i iii-i...
la televisión ya hace ffffjjjshshsh...
¿Y la cama? ¿Cuándo hará ñiqui ñiqui ñiqui?
el reloj, tic tac - tic tac - tic tac...
la canilla del baño hace pling pling pling...
la ventanita de la cocina, iii-i iii-i...
la televisión ya hace ffffjjjshshsh...
¿Y la cama? ¿Cuándo hará ñiqui ñiqui ñiqui?
miércoles 22 de octubre de 2008
El primer café
Llegamos al café, yo me senté de espaldas al espejo y vos apoyaste tu libro sobre la mesa. No te diste cuenta, pero una gota de agua mojó progresivamente las primeras páginas del libro.
Después te pedí que me leyeras una parte; la de la mujer que se sienta frente a la ventana y dice: “Háblame como la lluvia y déjame escuchar”. No te lo dije, pero me gusta cómo escribís.
-El proceso creativo es muy extraño.
-Sí que lo es.
Debo confesarte que mientras hablabas del proceso creativo te hice el amor, construimos una casa en Carapachay, fuimos al supermercado, viajamos en colectivo, me emborraché y rompí una copa, te enojaste, cociné pollo, te hablé de mi madre, me entristecí frente a una ventana, pensé en escribir un cuento, recordé dos poesías. Hasta que miraste el reloj ¡Insensato, los viernes blancos no tienen tiempo!
-Estás callada.
-Un poco, sí.
-Tengo que trabajar mañana.
-Qué lástima (ya te querés ir y todavía no te hablé de la lluvia que repica en mi techo, de las estrellas que la luna se tragó, del día que aprendí a mentir, de cuando me asustó la eternidad, de lo extraño que ha sido el amor para mí en estos últimos años. Ya te querés ir y todavía no sabés que puedo ser pluma y papel, que me torcí el tobillo al trepar un árbol, que cada día tiene su color, que voy a morir como murió mi abuela, que sigo esperando, que tu libro dice cosas que alguna vez pensé y que las agujas del tiempo me tienen acorralada).
Subí a tu auto. Mis palabras seguían presas del silencio ¿Qué esperabas que dijera?, todo se había transformado en un gran corazón palpitante que retumbaba en mis orejas hirvientes. Por suerte la voz de Barry White me rescató del mutismo sepulcral.
-Me encanta Barry White.
-Murió hace 3 años.
(tengo que hablar, hablar, hablar, hoy es viernes 23, “…I don´t want clever conversations…”, el perfume lo compré en Londres, “…I love you just the way you are…”, SUPERMERCADO: PYONGYANG)
-Pyongyang es la capital de Corea del Norte.
-No lo sabía.
(no lo sabía, sabía, sabía, bía, saber, decir, saber decir, “…You´ll always have my unspoken passion…”)
Tu beso fraternal me dolió. Luego no quedó más que la puerta de mi casa, las llaves, un cuarto giro a la izquierda, un saludo, un cuarto giro a la derecha, cinco pasos, el ascensor, el espejo, mi cara, la verdad, una pluma, un papel y esta carta.
Después te pedí que me leyeras una parte; la de la mujer que se sienta frente a la ventana y dice: “Háblame como la lluvia y déjame escuchar”. No te lo dije, pero me gusta cómo escribís.
-El proceso creativo es muy extraño.
-Sí que lo es.
Debo confesarte que mientras hablabas del proceso creativo te hice el amor, construimos una casa en Carapachay, fuimos al supermercado, viajamos en colectivo, me emborraché y rompí una copa, te enojaste, cociné pollo, te hablé de mi madre, me entristecí frente a una ventana, pensé en escribir un cuento, recordé dos poesías. Hasta que miraste el reloj ¡Insensato, los viernes blancos no tienen tiempo!
-Estás callada.
-Un poco, sí.
-Tengo que trabajar mañana.
-Qué lástima (ya te querés ir y todavía no te hablé de la lluvia que repica en mi techo, de las estrellas que la luna se tragó, del día que aprendí a mentir, de cuando me asustó la eternidad, de lo extraño que ha sido el amor para mí en estos últimos años. Ya te querés ir y todavía no sabés que puedo ser pluma y papel, que me torcí el tobillo al trepar un árbol, que cada día tiene su color, que voy a morir como murió mi abuela, que sigo esperando, que tu libro dice cosas que alguna vez pensé y que las agujas del tiempo me tienen acorralada).
Subí a tu auto. Mis palabras seguían presas del silencio ¿Qué esperabas que dijera?, todo se había transformado en un gran corazón palpitante que retumbaba en mis orejas hirvientes. Por suerte la voz de Barry White me rescató del mutismo sepulcral.
-Me encanta Barry White.
-Murió hace 3 años.
(tengo que hablar, hablar, hablar, hoy es viernes 23, “…I don´t want clever conversations…”, el perfume lo compré en Londres, “…I love you just the way you are…”, SUPERMERCADO: PYONGYANG)
-Pyongyang es la capital de Corea del Norte.
-No lo sabía.
(no lo sabía, sabía, sabía, bía, saber, decir, saber decir, “…You´ll always have my unspoken passion…”)
Tu beso fraternal me dolió. Luego no quedó más que la puerta de mi casa, las llaves, un cuarto giro a la izquierda, un saludo, un cuarto giro a la derecha, cinco pasos, el ascensor, el espejo, mi cara, la verdad, una pluma, un papel y esta carta.
martes 21 de octubre de 2008
Federico y yo
Soy hija única. Podrán creer que eso me convierte en una persona caprichosa, ególatra, solitaria, demandante, independiente, exigida. Lo único que puedo afirmar al respecto es que, de alguna manera, los hijos únicos nos vemos obligados a pasar demasiado tiempo con nuestros padres y que, al menos en mi caso, las vacaciones de verano no han sido muy divertidas.
Recuerdo unas en particular, yo tenía 15 años y otra vez mi padre había decidido alquilar la misma carpa en el mismo balneario de la misma playa en la que él solía veranear con sus hermanos y sus amigos.
Para sorpresa mía, en la carpa que se encontraba exactamente frente a la nuestra, no encontré a los Hernández, matrimonio septuagenario que me adoraba casi como a una nieta. En su lugar, en cambio, hallé a los Grunewald, otro matrimonio filicida con un solo hijo. La víctima se llamaba Federico y era dos años mayor que yo.
Mi absurda timidez no me permitió demostrar la emoción que me produjo la presencia de otro ser de mi misma naturaleza en esa playa detenida en el tiempo, por eso corrí a refugiarme en el fondo de la carpa a fingir que leía.
Sin embargo, las que no tuvieron reparo en expresar la desbordante felicidad que las invadía fueron nuestras queridas madres.
Apenas terminamos de instalarnos, mi madre y la de Federico ya estaban hablando de pantallas solares, de cremas hidratantes y de lo peor:
de él y de mí.
En sólo quince minutos Federico se enteró que me había torcido el tobillo jugando al hockey, que había reprobado física y que aún me debatía entre la actuación y el periodismo. A su vez, supe que él se había desgarrado el muslo derecho jugando al fútbol, que se había eximido en todas las materias y que en dos meses comenzaría a estudiar ingeniería industrial.
Ante semejante escenario, a Federico y a mí se nos hizo difícil mirarnos a los ojos y entablar una conversación. ¿Para qué íbamos a hablar de nuestras cosas si de eso se encargaban nuestras queridas madres?
A medida que pasaba el tiempo la presión se volvía más intolerable, tal es así que llegué a creer que toda la playa ansiaba fervorosamente presenciar el momento en el que Federico y yo nos besáramos, nos casáramos, tuviéramos hijos y pasáramos el resto de los veranos de nuestras vidas en ese mismo balneario.
Por suerte, al tercer día, Federico tomó coraje y me invitó a caminar. Anduvimos un largo rato sin pronunciar palabra alguna hasta que no pude contenerme y solté una carcajada liberadora que él no supo o no quiso comprender. Rara vez Federico hablaba de sí mismo, más bien contaba anécdotas de sus amigos y de su familia. Yo, en cambio, lo atosigaba con preguntas personales que generalmente contestaba con muecas y risas entrecortadas.
Fue esa misma tarde cuando noté que Federico tenía un hundimiento bastante pronunciado en su pecho. Lo descubrí porque él no quiso refrescarse conmigo en el mar, entonces me esperó en la orilla, con las manos sobre la nuca y los pies enterrados en la arena. Cuando salí del agua y caminé hacia él advertí que una mancha extraña se extendía entre sus pectorales, a medida que me fui acercando, confirmé que la mancha se trataba de una cavidad profunda que deformaba el centro de su pecho.
Nos sentamos a descansar en una roca, él comenzó a hablar de cosas que no pude escuchar, me resultaba muy difícil prestarle atención, estaba hipnotizada con ese hueco que me generaba atracción y rechazo al mismo tiempo. Mientras Federico hablaba de sus futuros estudios yo pensaba en cómo se habría formado ese agujero, si habría sido congénito o producto de un fuerte golpe, también pensaba si le dolería y en cómo se sentiría al tacto.
-¿Me estás escuchando?
-Sí, sí, es que tengo calor y quisiera que me acompañaras al mar.
Nos zambullimos juntos por primera vez pero a los pocos minutos Federico salió aterido y con las pestañas llenas de sal. Camino a nuestras carpas me invitó a cenar.
Era nuestra primera cita lejos de la órbita controladora de nuestros padres. Otra vez Federico empezó a hablar de sus amigos, de su equipo de fútbol y de su familia, hasta que no soporté la comezón de una intriga corrosiva y le pregunté acerca de lo inefable, de lo que todos conocíamos pero que estúpidamente negábamos.
-¿Qué te pasó en el pecho?
En menos de un segundo vi cómo su cara se transfiguraba. El estruendo que hicieron los cubiertos al chocar con el plato me asustó. Sé que me explicó entre dientes lo que le había sucedido pero para ese entonces yo ya estaba tan aterrada que no pude entender nada. Lo único que recuerdo es que a los pocos minutos estábamos fuera del restaurante.
-Perdoname, pero no puedo acompañarte-, me dijo con la voz quebrada.
Volví al hotel con una angustia opresiva que no me dejó dormir, pasé la noche en vela planeando la forma de reparar mi grave error.
Al día siguiente Federico no fue a la playa, su madre nos explicó que probablemente habría comido algo en mal estado.
Nunca más volví a verlo. En realidad nunca más volví a ver sus ojos porque durante el resto de la semana que nos quedaba de vacaciones se las ingenió para evitar mi mirada y unas torpes palabras que apenas pude balbucear.
Poco a poco sus padres también dejaron de hablar con los míos.
Recuerdo unas en particular, yo tenía 15 años y otra vez mi padre había decidido alquilar la misma carpa en el mismo balneario de la misma playa en la que él solía veranear con sus hermanos y sus amigos.
Para sorpresa mía, en la carpa que se encontraba exactamente frente a la nuestra, no encontré a los Hernández, matrimonio septuagenario que me adoraba casi como a una nieta. En su lugar, en cambio, hallé a los Grunewald, otro matrimonio filicida con un solo hijo. La víctima se llamaba Federico y era dos años mayor que yo.
Mi absurda timidez no me permitió demostrar la emoción que me produjo la presencia de otro ser de mi misma naturaleza en esa playa detenida en el tiempo, por eso corrí a refugiarme en el fondo de la carpa a fingir que leía.
Sin embargo, las que no tuvieron reparo en expresar la desbordante felicidad que las invadía fueron nuestras queridas madres.
Apenas terminamos de instalarnos, mi madre y la de Federico ya estaban hablando de pantallas solares, de cremas hidratantes y de lo peor:
de él y de mí.
En sólo quince minutos Federico se enteró que me había torcido el tobillo jugando al hockey, que había reprobado física y que aún me debatía entre la actuación y el periodismo. A su vez, supe que él se había desgarrado el muslo derecho jugando al fútbol, que se había eximido en todas las materias y que en dos meses comenzaría a estudiar ingeniería industrial.
Ante semejante escenario, a Federico y a mí se nos hizo difícil mirarnos a los ojos y entablar una conversación. ¿Para qué íbamos a hablar de nuestras cosas si de eso se encargaban nuestras queridas madres?
A medida que pasaba el tiempo la presión se volvía más intolerable, tal es así que llegué a creer que toda la playa ansiaba fervorosamente presenciar el momento en el que Federico y yo nos besáramos, nos casáramos, tuviéramos hijos y pasáramos el resto de los veranos de nuestras vidas en ese mismo balneario.
Por suerte, al tercer día, Federico tomó coraje y me invitó a caminar. Anduvimos un largo rato sin pronunciar palabra alguna hasta que no pude contenerme y solté una carcajada liberadora que él no supo o no quiso comprender. Rara vez Federico hablaba de sí mismo, más bien contaba anécdotas de sus amigos y de su familia. Yo, en cambio, lo atosigaba con preguntas personales que generalmente contestaba con muecas y risas entrecortadas.
Fue esa misma tarde cuando noté que Federico tenía un hundimiento bastante pronunciado en su pecho. Lo descubrí porque él no quiso refrescarse conmigo en el mar, entonces me esperó en la orilla, con las manos sobre la nuca y los pies enterrados en la arena. Cuando salí del agua y caminé hacia él advertí que una mancha extraña se extendía entre sus pectorales, a medida que me fui acercando, confirmé que la mancha se trataba de una cavidad profunda que deformaba el centro de su pecho.
Nos sentamos a descansar en una roca, él comenzó a hablar de cosas que no pude escuchar, me resultaba muy difícil prestarle atención, estaba hipnotizada con ese hueco que me generaba atracción y rechazo al mismo tiempo. Mientras Federico hablaba de sus futuros estudios yo pensaba en cómo se habría formado ese agujero, si habría sido congénito o producto de un fuerte golpe, también pensaba si le dolería y en cómo se sentiría al tacto.
-¿Me estás escuchando?
-Sí, sí, es que tengo calor y quisiera que me acompañaras al mar.
Nos zambullimos juntos por primera vez pero a los pocos minutos Federico salió aterido y con las pestañas llenas de sal. Camino a nuestras carpas me invitó a cenar.
Era nuestra primera cita lejos de la órbita controladora de nuestros padres. Otra vez Federico empezó a hablar de sus amigos, de su equipo de fútbol y de su familia, hasta que no soporté la comezón de una intriga corrosiva y le pregunté acerca de lo inefable, de lo que todos conocíamos pero que estúpidamente negábamos.
-¿Qué te pasó en el pecho?
En menos de un segundo vi cómo su cara se transfiguraba. El estruendo que hicieron los cubiertos al chocar con el plato me asustó. Sé que me explicó entre dientes lo que le había sucedido pero para ese entonces yo ya estaba tan aterrada que no pude entender nada. Lo único que recuerdo es que a los pocos minutos estábamos fuera del restaurante.
-Perdoname, pero no puedo acompañarte-, me dijo con la voz quebrada.
Volví al hotel con una angustia opresiva que no me dejó dormir, pasé la noche en vela planeando la forma de reparar mi grave error.
Al día siguiente Federico no fue a la playa, su madre nos explicó que probablemente habría comido algo en mal estado.
Nunca más volví a verlo. En realidad nunca más volví a ver sus ojos porque durante el resto de la semana que nos quedaba de vacaciones se las ingenió para evitar mi mirada y unas torpes palabras que apenas pude balbucear.
Poco a poco sus padres también dejaron de hablar con los míos.
lunes 20 de octubre de 2008
Contradicciones Odiosas
* Soy tan exigente conmigo misma que no me alcanza con que las cosas me salgan bien.
* Últimamente estoy tan cansada que ni fuerzas tengo para ir a la farmacia a comprar las vitaminas que me recetaron la semana pasada.
*Te extraño tanto, mi amor, que moriría por verte.
*He cambiando mucho a lo largo de mi vida, cada vez me fui pareciendo más a mí misma.
*Encontré tu foto cuando ya te había olvidado y tuve que olvidarte otra vez.
*Pienso tanto que ya se me hizo deporte.
*La había imaginado tan así como era que cuando finalmente la vi me asusté y salí corriendo.
*Carlos y Gabriel serán siempre mis grandes amores. A Gabriel lo conocí cuando lloraba por Carlos. Cuando dejé de llorar por Carlos, Gabriel me abandonó ¿Adivinen quién apareció cuando lloraba por Gabriel?
*Lo peor de mí es que cuando mi cerebro dice NO, mi corazón dice SÍ y viceversa....(lo bueno es que mi corazón tiene más carácter que mi cerebro).
*Hace un tiempo me engañaba a mí misma, ¡¿pueden creerlo?!
*Me di cuenta de que si esperaba a que vinieras, no ibas a venir en cada uno de los segundos en los que esperara a que vinieras. Por eso dejé de esperarte. Aún así tampoco viniste.
*Lo más lindo que ella tiene es que cree que no me doy cuenta de nada.
* Últimamente estoy tan cansada que ni fuerzas tengo para ir a la farmacia a comprar las vitaminas que me recetaron la semana pasada.
*Te extraño tanto, mi amor, que moriría por verte.
*He cambiando mucho a lo largo de mi vida, cada vez me fui pareciendo más a mí misma.
*Encontré tu foto cuando ya te había olvidado y tuve que olvidarte otra vez.
*Pienso tanto que ya se me hizo deporte.
*La había imaginado tan así como era que cuando finalmente la vi me asusté y salí corriendo.
*Carlos y Gabriel serán siempre mis grandes amores. A Gabriel lo conocí cuando lloraba por Carlos. Cuando dejé de llorar por Carlos, Gabriel me abandonó ¿Adivinen quién apareció cuando lloraba por Gabriel?
*Lo peor de mí es que cuando mi cerebro dice NO, mi corazón dice SÍ y viceversa....(lo bueno es que mi corazón tiene más carácter que mi cerebro).
*Hace un tiempo me engañaba a mí misma, ¡¿pueden creerlo?!
*Me di cuenta de que si esperaba a que vinieras, no ibas a venir en cada uno de los segundos en los que esperara a que vinieras. Por eso dejé de esperarte. Aún así tampoco viniste.
*Lo más lindo que ella tiene es que cree que no me doy cuenta de nada.
domingo 19 de octubre de 2008
Naturaleza Sabia
Y nos guarecimos del frío incipiente
bajo las hojas crujientes del otoño.
A vos te temblaban los labios y a mí el corazón.
A vos te temblaban los labios y a mí el corazón.
Íbamos a besarnos pero un pájaro herido y desorientado
desparramó sus vísceras sobre nuestro nido de amor.
-¡Es un presagio!- pensé.
Y desapareciste entre el verdor de la hiedra y la oscuridad del dolor.
-¡Es un presagio!- pensé.
Y desapareciste entre el verdor de la hiedra y la oscuridad del dolor.
sábado 18 de octubre de 2008
Cama adentro
Antes de que comenzara la película yo ya estaba apoltronada en el ángulo recto que forman la cama y el respaldo de la cama. En la mano derecha tenía el control remoto y en la izquierda medio kilo de helado.
Cuando la protagonista principal apareció en escena pensé:
"Esta es la típica señorona copetuda que no se resigna a perder su status socioeconómico". Y me devoré una cucharadota de helado que abracé con mis labios como si estuviera besando al amante más sensual y magnético del mundo.
Apenas entró el personaje secundario en escena pensé:
"Esta es la típica mucamita que no puede vivir sin la patrona que la maltrata; la clásica hija del rigor". Y me ahogué en un bocado de crema helada que derretí al instante con el calor y la humedad de mi boca.
Poco a poco se fueron presentando los personajes periféricos y lo hicieron como lo que eran; marginales. La hija de la señorona copetuda resultó ser una lesbiana infeliz que, incapaz de reconocer su verdad frente a su familia, decide huir al extranjero.
El novio de la mucamita, insulso pero compulsivamente infiel, era un parásito social que no lograba mantener un trabajo por más de un mes.
Así fue como pasé gran parte de la noche, regodeándome entre cucharadas de placer y miserias ajenas.
Hasta que de pronto el filo de mi cuchara fue a dar con lo áspero del telgopor. Desde el vacío blanco del pote sentí que una voz me hablaba, quise creer que era la voz de mi propia conciencia pero luego advertí que más se parecía a un susurro diabólico, a un murmullo constante que repetía:
"¿Y vos quién sos?”
Entonces alcé la vista y me vi en el espejo que está sobre la cómoda. Me encontré apoltronada, con el control remoto en la mano derecha, tenía bigotes de crema, los ojos enrojecidos y el cabello electrizado.
Era sábado a la noche y hacía un frío eterno.
Cuando la protagonista principal apareció en escena pensé:
"Esta es la típica señorona copetuda que no se resigna a perder su status socioeconómico". Y me devoré una cucharadota de helado que abracé con mis labios como si estuviera besando al amante más sensual y magnético del mundo.
Apenas entró el personaje secundario en escena pensé:
"Esta es la típica mucamita que no puede vivir sin la patrona que la maltrata; la clásica hija del rigor". Y me ahogué en un bocado de crema helada que derretí al instante con el calor y la humedad de mi boca.
Poco a poco se fueron presentando los personajes periféricos y lo hicieron como lo que eran; marginales. La hija de la señorona copetuda resultó ser una lesbiana infeliz que, incapaz de reconocer su verdad frente a su familia, decide huir al extranjero.
El novio de la mucamita, insulso pero compulsivamente infiel, era un parásito social que no lograba mantener un trabajo por más de un mes.
Así fue como pasé gran parte de la noche, regodeándome entre cucharadas de placer y miserias ajenas.
Hasta que de pronto el filo de mi cuchara fue a dar con lo áspero del telgopor. Desde el vacío blanco del pote sentí que una voz me hablaba, quise creer que era la voz de mi propia conciencia pero luego advertí que más se parecía a un susurro diabólico, a un murmullo constante que repetía:
"¿Y vos quién sos?”
Entonces alcé la vista y me vi en el espejo que está sobre la cómoda. Me encontré apoltronada, con el control remoto en la mano derecha, tenía bigotes de crema, los ojos enrojecidos y el cabello electrizado.
Era sábado a la noche y hacía un frío eterno.
martes 14 de octubre de 2008
Común y Silvestre
A veces me gustaría ser una mujer normal. Desearía tener un marido medio pelado con un poco de panza, pasear en auto con él los domingos y decirle:
-Mirá, gordi, en Jumbo los lavaropas están de oferta, vamos?
lunes 6 de octubre de 2008
Señora Q
El otro día fui al supermercado y mientras esperaba en la fila para pagar, una chica de alrededor de 15 años me dijo:
-Señora, se le cayeron las galletitas.
Sentí que una lanza me perforaba los pulmones, el esternón y que se asomaba a través de mi estómago.
Me di vuelta echando fuego por los ojos, espuma por la boca y le contesté a la chiquita:
-Escuchame, ¡¿a vos te gustaría que te dijera: ´Nena, se te cayeron las galletitas?!´
Y volví a darle la espalda victoriosa.
Escuché unas risitas nasales típicas de mocositas insolentes y al rato otra voz púber que dijo:
-Disculpe.....................Señora.
Las risitas continuaron hasta el día de hoy.
-Señora, se le cayeron las galletitas.
Sentí que una lanza me perforaba los pulmones, el esternón y que se asomaba a través de mi estómago.
Me di vuelta echando fuego por los ojos, espuma por la boca y le contesté a la chiquita:
-Escuchame, ¡¿a vos te gustaría que te dijera: ´Nena, se te cayeron las galletitas?!´
Y volví a darle la espalda victoriosa.
Escuché unas risitas nasales típicas de mocositas insolentes y al rato otra voz púber que dijo:
-Disculpe.....................Señora.
Las risitas continuaron hasta el día de hoy.
martes 30 de septiembre de 2008
Presente
Un hombre que había sido niño tierno pero que sería malévolo después, se sentó al costado de un camino que había sido tierra y que luego sería cal.
Tomó una flor, que había sido semilla y que se convertiría en polvo y le contó una historia del pasado que se iría a repetir una y otra vez.
La flor se torció y el hombre marchó hacia su futuro, recordando su pasado.
Tomó una flor, que había sido semilla y que se convertiría en polvo y le contó una historia del pasado que se iría a repetir una y otra vez.
La flor se torció y el hombre marchó hacia su futuro, recordando su pasado.
lunes 4 de agosto de 2008
Un Beso
Hoy recordé aquél beso que me dio en el umbral de la casa de mis padres. Hacía frío. Apretó fuerte mi cuerpo contra el suyo, apoyó su boca sobre mis labios y me besó largo y seco.
No me gustó mucho ese beso, esperaba uno más jugoso, con diferentes niveles de intensidad, no sé, quizás uno que no fuera tan pulcro, tan olvidable.
Pero ahora que me adentro en el recuerdo, comprendo que toda su impronta siempre fue muy aséptica; el pelo engominado, las camisas almidonadas, los zapatos brillantes, el aroma a pino silvestre penetrante, permanente.
Le faltaba humanidad, claro que sí. Le faltaba potrero y una cicatriz en la ceja, tal vez.
Pero si interrumpí aquél beso, no fue porque me desagradara. ¿Quién puede aborrecer un vaso de agua?. Si lo aparté fue porque las llaves de su auto me apretaban la pierna y se lo dije.
-No son las llaves, tontita-. Me contestó mientras sacudía mi nariz con sus dedos.
Después se perdió en un violento ataque de risa. Su boca se fue haciendo cada vez más grande y más grande y las carcajadas retumbaron en el pasillo. Hasta que mi madre apareció de la nada, en camisón, a tironearnos de los pelos y a decirnos barbaridades.
Esa fue la primera vez que lo vi humano. Estaba avergonzado, totalmente despeinado, con las mejillas rojas, la camisa fuera del pantalón y una expresión de temor en el rostro inolvidable.
No me gustó mucho ese beso, esperaba uno más jugoso, con diferentes niveles de intensidad, no sé, quizás uno que no fuera tan pulcro, tan olvidable.
Pero ahora que me adentro en el recuerdo, comprendo que toda su impronta siempre fue muy aséptica; el pelo engominado, las camisas almidonadas, los zapatos brillantes, el aroma a pino silvestre penetrante, permanente.
Le faltaba humanidad, claro que sí. Le faltaba potrero y una cicatriz en la ceja, tal vez.
Pero si interrumpí aquél beso, no fue porque me desagradara. ¿Quién puede aborrecer un vaso de agua?. Si lo aparté fue porque las llaves de su auto me apretaban la pierna y se lo dije.
-No son las llaves, tontita-. Me contestó mientras sacudía mi nariz con sus dedos.
Después se perdió en un violento ataque de risa. Su boca se fue haciendo cada vez más grande y más grande y las carcajadas retumbaron en el pasillo. Hasta que mi madre apareció de la nada, en camisón, a tironearnos de los pelos y a decirnos barbaridades.
Esa fue la primera vez que lo vi humano. Estaba avergonzado, totalmente despeinado, con las mejillas rojas, la camisa fuera del pantalón y una expresión de temor en el rostro inolvidable.
martes 26 de febrero de 2008
La otra cara
Aquella noche de lluvia en la que saliste raudo a comprar cigarrillos, tuve una revelación que atravesó mis pensamientos como un rayo fulminante.
Lamenté que hubieras regresado.
lunes 4 de febrero de 2008
Desastres Naturales
Hacía dos meses que Clara intentaba –inútilmente- demostrarle a Octavio las pasiones ocultas que despertaba en su corazón solitario. Dos meses de torpes acercamientos, miradas desencontradas y roces fugaces.
Ella lo sabía, lo supo desde la primera vez que lo vio; lo amaba, lo amaba como hacía mucho tiempo que no amaba a alguien y cada día que pasaba, el secreto de esa pasión, avivaba el fuego de un amor tan ardiente que de no revelarse le haría perder la razón.
Octavio era de esos hombres que sobresalían hasta cuando callaban, no era particularmente bello pero sus rasgos orientales le otorgaban un aire de picardía detrás del cual se escondía una gran sensibilidad que Clara ansiaba descubrir alguna noche de estrellas palpitantes.
Entre las tantas cosas que ella adoraba de Octavio, había una que lograba dejarla completamente inerme. A la hora del almuerzo, él se paraba frente a ella y la observaba durante varios minutos sin decir palabra alguna. A veces Clara le devolvía una sonrisa tímida, otras veces le sacaba la lengua y otras simplemente fingía no notar su presencia.
Octavio tenía una voz que estremecía a Clara y todas las mañanas, en su trayecto hacia el trabajo, lo imaginaba cantando canciones en su auto, tomando vino en su balcón y besándola sobre el pasto de una plaza pública.
Clara tomó conciencia de que por su bienestar psíquico debía hacerle entender a Octavio que ocupaba casi el 90% de sus pensamientos, el 100% de su corazón y un altísimo porcentaje de sus fantasías sexuales.
Estaba decidida, le hablaría antes de que se fuera de vacaciones. No le diría un discurso que fuera directo sino una señal, una pista precisa y certera como una flecha de Cupido.
Se miró varias veces al espejo y ensayó su plan, lo hizo cambiando de tono en cada intento. No sabía si elegir el más romántico o el más atrevido. Buscó uno que fuera intermedio y lo repitió frente a sí misma hasta casi conmoverse con sus propias palabras.
Aquella mañana, por esos milagros de la vida, sólo unos pocos compañeros habían llegado a la oficina, entre ellos Octavio. El latir del corazón de Clara acompañaba sus pasos cortitos y veloces. Cuando llegó a su habitáculo y lo encontró reclinado sobre su silla, se plantó frente a él como una actriz en el escenario, apoyó su mano izquierda sobre la cintura y adelantó un paso la pierna derecha:
-Octavio, ayer, mientras tomaba vino en mi balcón, no me preguntes por qué cuernos se me apareció en la mente la imagen de la primera vez que te vi.
Octavio levantó las cejas mostrándose sorprendido y a Clara se le olvidaron las palabras por completo, luego tomó aire y continuó:
-Vos estabas inclinado sobre el escritorio de Lorena enseñándole unas carpetas, tus piernas estaban tan estiradas que tu cuerpo ocupaba casi todo el ancho de espacio que hay entre la hilera de sillas. Recuerdo que me miraste de reojo y pensé “éste tipo está totalmente loco”.
Octavio volvió a levantar las cejas y Clara se quedó unos segundos observándolo mientras se mordía el labio inferior, luego se dio media vuelta y se marchó victoriosa encogiendo sus hombritos, apretando los ojitos y cruzando sus deditos.
Ella lo sabía, lo supo desde la primera vez que lo vio; lo amaba, lo amaba como hacía mucho tiempo que no amaba a alguien y cada día que pasaba, el secreto de esa pasión, avivaba el fuego de un amor tan ardiente que de no revelarse le haría perder la razón.
Octavio era de esos hombres que sobresalían hasta cuando callaban, no era particularmente bello pero sus rasgos orientales le otorgaban un aire de picardía detrás del cual se escondía una gran sensibilidad que Clara ansiaba descubrir alguna noche de estrellas palpitantes.
Entre las tantas cosas que ella adoraba de Octavio, había una que lograba dejarla completamente inerme. A la hora del almuerzo, él se paraba frente a ella y la observaba durante varios minutos sin decir palabra alguna. A veces Clara le devolvía una sonrisa tímida, otras veces le sacaba la lengua y otras simplemente fingía no notar su presencia.
Octavio tenía una voz que estremecía a Clara y todas las mañanas, en su trayecto hacia el trabajo, lo imaginaba cantando canciones en su auto, tomando vino en su balcón y besándola sobre el pasto de una plaza pública.
Clara tomó conciencia de que por su bienestar psíquico debía hacerle entender a Octavio que ocupaba casi el 90% de sus pensamientos, el 100% de su corazón y un altísimo porcentaje de sus fantasías sexuales.
Estaba decidida, le hablaría antes de que se fuera de vacaciones. No le diría un discurso que fuera directo sino una señal, una pista precisa y certera como una flecha de Cupido.
Se miró varias veces al espejo y ensayó su plan, lo hizo cambiando de tono en cada intento. No sabía si elegir el más romántico o el más atrevido. Buscó uno que fuera intermedio y lo repitió frente a sí misma hasta casi conmoverse con sus propias palabras.
Aquella mañana, por esos milagros de la vida, sólo unos pocos compañeros habían llegado a la oficina, entre ellos Octavio. El latir del corazón de Clara acompañaba sus pasos cortitos y veloces. Cuando llegó a su habitáculo y lo encontró reclinado sobre su silla, se plantó frente a él como una actriz en el escenario, apoyó su mano izquierda sobre la cintura y adelantó un paso la pierna derecha:
-Octavio, ayer, mientras tomaba vino en mi balcón, no me preguntes por qué cuernos se me apareció en la mente la imagen de la primera vez que te vi.
Octavio levantó las cejas mostrándose sorprendido y a Clara se le olvidaron las palabras por completo, luego tomó aire y continuó:
-Vos estabas inclinado sobre el escritorio de Lorena enseñándole unas carpetas, tus piernas estaban tan estiradas que tu cuerpo ocupaba casi todo el ancho de espacio que hay entre la hilera de sillas. Recuerdo que me miraste de reojo y pensé “éste tipo está totalmente loco”.
Octavio volvió a levantar las cejas y Clara se quedó unos segundos observándolo mientras se mordía el labio inferior, luego se dio media vuelta y se marchó victoriosa encogiendo sus hombritos, apretando los ojitos y cruzando sus deditos.
lunes 21 de enero de 2008
domingo 20 de enero de 2008
Humor Genital
Por favor no dejen de escuchar este blog
www.humorgenital.blogspot.com
Sí, sí, así como leyeron...no dejen de ESCUCHAR ese blog, no se lo pierdan!
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miércoles 26 de diciembre de 2007
La clase de Matemática
El humo de un cigarro apretado entre dos dedos
me señaló el cristal roto de una ventana sucia.
A través de la hendija astillada descubrí una cúpula verde envuelta en palomas que picoteaban pelotitas de pan. Unas manos viejas y temblorosas las esparcían desde un balcón francés que sólo tenía dos plantas; una tupida y otra extraña.
De la extraña pendían frutos pequeños que el viento balanceaba junto con las pelotitas que las palomas perdieron en un pestañeo.
Pronto las aves echaron a volar y el sonido de mi propio nombre, golpeado por una voz ronca de tabaco y tos, me llevó de regreso a través de la hendija, la ventana y el humo…
me señaló el cristal roto de una ventana sucia.
A través de la hendija astillada descubrí una cúpula verde envuelta en palomas que picoteaban pelotitas de pan. Unas manos viejas y temblorosas las esparcían desde un balcón francés que sólo tenía dos plantas; una tupida y otra extraña.
De la extraña pendían frutos pequeños que el viento balanceaba junto con las pelotitas que las palomas perdieron en un pestañeo.
Pronto las aves echaron a volar y el sonido de mi propio nombre, golpeado por una voz ronca de tabaco y tos, me llevó de regreso a través de la hendija, la ventana y el humo…
-¿Irazábal, podría repetir lo que acabo de decir?
-Disculpe, profesor, no escuché.
jueves 15 de noviembre de 2007
Primavera 0
Ahora que todo comienza a brotar y las azucenas perfuman el aire con sus pétalos de trompeta y los nardos se yerguen valientes ante la gravedad.
¡Ay, cómo se yerguen los nardos!
Ahora, sí, ahora que todo comienza a brotar y los colibríes rubí polinizan las dalias y los azahares…los azahares…-no sé bien qué sucede con ellos en primavera pero algo les pasa-.
Ahora, sí, ahora que las faldas se acortan, los escotes se profundizan y las lenguas hierven en la humedad de amores casuales. Ahora que los jazmines coronan las cabecitas de novias entuladas mientras las noches se estrellan contra botellas de champagne y las pieles huelen a frutas tropicales.
Ahora, sí, cuando todo comienza a brotar y el resplandor de esta tarde infernal me perfora la sien y la gente corre –me empuja, alienada- en su afán de perpetuar las horas de luz.
Ahora, justo ahora que el aire, más denso, agita mi sangre a borbotones y el amor ajeno me encrespa los nervios, me siento, en el único banco libre de una plaza orgiástica, a descuartizar una margarita cuyo último pétalo dice que no.
¡Ay, cómo se yerguen los nardos!
Ahora, sí, ahora que todo comienza a brotar y los colibríes rubí polinizan las dalias y los azahares…los azahares…-no sé bien qué sucede con ellos en primavera pero algo les pasa-.
Ahora, sí, ahora que las faldas se acortan, los escotes se profundizan y las lenguas hierven en la humedad de amores casuales. Ahora que los jazmines coronan las cabecitas de novias entuladas mientras las noches se estrellan contra botellas de champagne y las pieles huelen a frutas tropicales.
Ahora, sí, cuando todo comienza a brotar y el resplandor de esta tarde infernal me perfora la sien y la gente corre –me empuja, alienada- en su afán de perpetuar las horas de luz.
Ahora, justo ahora que el aire, más denso, agita mi sangre a borbotones y el amor ajeno me encrespa los nervios, me siento, en el único banco libre de una plaza orgiástica, a descuartizar una margarita cuyo último pétalo dice que no.
martes 13 de noviembre de 2007
martes 30 de octubre de 2007
jueves 20 de septiembre de 2007
La cinta, Gonzalito!
"Nombre filósofos griegos comenzando con la letra a como por ejemplo Aristóteles"
martes 10 de julio de 2007
Ambidiestra
Es necesario que sepas lo siguiente:
Soy diestra para escribir, es decir; escribo con la mano derecha.
Sin embargo, tomo el tubo del teléfono con la izquierda y lo apoyo sobre mi oído izquierdo. Podría decirse que soy zurda para hablar por teléfono.
Reparto los naipes con la mano derecha, pero impulso el taco de pool con la izquierda. Soy ambidiestra para jugar.
Cuando barro pongo la mano izquierda en la parte superior de la escoba, aunque paso el trapo con la mano derecha y revuelvo cualquier líquido con la izquierda. Soy ambidiestra para los quehaceres domésticos.
Puedo maquillarme el ojo derecho con la mano derecha y el ojo izquierdo con la izquierda. Soy ambidiestra para acicalarme.
Me gusta doblegarte, tanto como volverme tuya cuando lo prefieras. Soy ambidiestra para el amor.
Y si tuviera que pegarte un tiro con una escopeta, apretaría el gatillo con la mano izquierda, pero mediría la puntería con el ojo derecho.
Así voy por la vida; medio cuerda, medio loca.
Soy diestra para escribir, es decir; escribo con la mano derecha.
Sin embargo, tomo el tubo del teléfono con la izquierda y lo apoyo sobre mi oído izquierdo. Podría decirse que soy zurda para hablar por teléfono.
Reparto los naipes con la mano derecha, pero impulso el taco de pool con la izquierda. Soy ambidiestra para jugar.
Cuando barro pongo la mano izquierda en la parte superior de la escoba, aunque paso el trapo con la mano derecha y revuelvo cualquier líquido con la izquierda. Soy ambidiestra para los quehaceres domésticos.
Puedo maquillarme el ojo derecho con la mano derecha y el ojo izquierdo con la izquierda. Soy ambidiestra para acicalarme.
Me gusta doblegarte, tanto como volverme tuya cuando lo prefieras. Soy ambidiestra para el amor.
Y si tuviera que pegarte un tiro con una escopeta, apretaría el gatillo con la mano izquierda, pero mediría la puntería con el ojo derecho.
Así voy por la vida; medio cuerda, medio loca.
jueves 14 de junio de 2007
Acalexia Dislémica
Hoy comienzo la facultad. Qué lindo sería que me tocara una profe didáctica, ingeniosa, divertida, justa, atractiva, sensual, misteriosa, exigente.
Qué lindo sería que me tocara atractiva una profe divertida; sería una que justa tocara me lindo, sensual. Que me que me misteriosa hoy una profe didáctica ¡Qué comienzo exigente! Una, una, la que sería que hoy me tocara, la facultad comienzo. Hoy.
Qué lindo sería que me tocara atractiva una profe divertida; sería una que justa tocara me lindo, sensual. Que me que me misteriosa hoy una profe didáctica ¡Qué comienzo exigente! Una, una, la que sería que hoy me tocara, la facultad comienzo. Hoy.
martes 24 de abril de 2007
07:10 AM
Me levanto. Tengo frío, me abrigo con
lo primero que encuentro. Hago pis. Me lavo la cara, no me la seco. Observo mis arrugas, me convenzo de que aún no se notan. Atravieso el living, miro el cielo.
Enciendo la radio. Enciendo la cafetera. Abro la heladera: "no debería abrirla descalza". Tomo agua de la botella: "no debería tomar de la botella". Saco el queso, el pan y la mermelada. Arrojo la tostada sobre el tostador. Vierto la leche en el jarro, enciendo la hornalla. Tomo una taza, la caliento con agua, le echo una de azúcar y otra de edulcorante. Doy vuelta la tostada. Ya se hizo el café. Ya se calentó la leche. Me siento. Disfruto del desayuno, me lamento por las noticias. Me pierdo en un punto fijo: "dentro de poco ya no habrá luz cuando me levante". Lavo los trastes. Me visto. Hago pis. Me cepillo los dientes. Me embadurno la cara con crema. Me peino. Me maquillo los ojos y un poco los labios, un poquito. Me cercioro de que en mi cartera estén el celular, los lentes, la tarjeta de acceso, una toalla femenina y la billetera. Preparo el dinero para el subte. Apago la radio. Tomo el ascensor. Saludo al encargado.
-Hola, ¿qué tal?
Camino, camino, camino. Creo haberme olvidado los lentes. Revuelvo la cartera. Los encuentro. Me alegro: "¿por qué siempre pienso que me olvido algo?". Llego al subte:
-Uno, por favor.
Cruzo el molinete. Saludo al diarero. Leo algunos títulos de diarios y revistas:
-¿Cuánto cuesta esa?:
"¡Qué cara!". Sigo leyendo: "Seguro que al diarero no le gusta que le lean los títulos si no comprás nada ¿Y si se lo preguntara? Me río de mí misma. Viene el subte. Subo. Leo las publicidades. Me zarandeo. Me sostengo del pasamano. Me zarandeo. Me acerco para ver lo que lee una señora. "Qué lindo libro ¿Se lo digo? ¿Qué pensaría la señora si le dijera que ese libro me pareció genial? Seguramente creería que estoy loca ¿Estaré loca? Todos estamos locos". Pienso en mis afectos más cercanos. "Todos están locos". "Uy, en la próxima estación sube todo el mundo". Me reacomodo:
-Permiso.
La gente se pelea:
-No empujen, ¿no ven que no hay lugar?
Siento el mentón de alguien sobre mi cabeza. Pestañeo y veo un ojo verde. Muevo la cabeza y veo una barbilla. Un cabello ajeno me hace cosquillas. Pienso que alguien puede aprovechar para tocarme la cola. Paso mis manos por detrás del cuerpo. Toco algo raro. Suben más personas de las que bajan. No sé si estoy tocando el piso. Recuerdo un recital en la cancha de Boca. "¿Qué tal si ahora gritara: ¡Fuego, fuego!?". Me río de mi misma. Un señor me mira y se ríe:
-Las vacas viajan mejor.
Sonrío. "Hoy es martes amarillo". En la próxima me bajo. Estoy a pasos de mi trabajo."Ojalá que Amanda no haya llegado todavía". Me pongo la careta. Atravieso la puerta.
-Hola, Cuni.
-Hola.
lo primero que encuentro. Hago pis. Me lavo la cara, no me la seco. Observo mis arrugas, me convenzo de que aún no se notan. Atravieso el living, miro el cielo.
Enciendo la radio. Enciendo la cafetera. Abro la heladera: "no debería abrirla descalza". Tomo agua de la botella: "no debería tomar de la botella". Saco el queso, el pan y la mermelada. Arrojo la tostada sobre el tostador. Vierto la leche en el jarro, enciendo la hornalla. Tomo una taza, la caliento con agua, le echo una de azúcar y otra de edulcorante. Doy vuelta la tostada. Ya se hizo el café. Ya se calentó la leche. Me siento. Disfruto del desayuno, me lamento por las noticias. Me pierdo en un punto fijo: "dentro de poco ya no habrá luz cuando me levante". Lavo los trastes. Me visto. Hago pis. Me cepillo los dientes. Me embadurno la cara con crema. Me peino. Me maquillo los ojos y un poco los labios, un poquito. Me cercioro de que en mi cartera estén el celular, los lentes, la tarjeta de acceso, una toalla femenina y la billetera. Preparo el dinero para el subte. Apago la radio. Tomo el ascensor. Saludo al encargado.
-Hola, ¿qué tal?
Camino, camino, camino. Creo haberme olvidado los lentes. Revuelvo la cartera. Los encuentro. Me alegro: "¿por qué siempre pienso que me olvido algo?". Llego al subte:
-Uno, por favor.
Cruzo el molinete. Saludo al diarero. Leo algunos títulos de diarios y revistas:
-¿Cuánto cuesta esa?:
"¡Qué cara!". Sigo leyendo: "Seguro que al diarero no le gusta que le lean los títulos si no comprás nada ¿Y si se lo preguntara? Me río de mí misma. Viene el subte. Subo. Leo las publicidades. Me zarandeo. Me sostengo del pasamano. Me zarandeo. Me acerco para ver lo que lee una señora. "Qué lindo libro ¿Se lo digo? ¿Qué pensaría la señora si le dijera que ese libro me pareció genial? Seguramente creería que estoy loca ¿Estaré loca? Todos estamos locos". Pienso en mis afectos más cercanos. "Todos están locos". "Uy, en la próxima estación sube todo el mundo". Me reacomodo:
-Permiso.
La gente se pelea:
-No empujen, ¿no ven que no hay lugar?
Siento el mentón de alguien sobre mi cabeza. Pestañeo y veo un ojo verde. Muevo la cabeza y veo una barbilla. Un cabello ajeno me hace cosquillas. Pienso que alguien puede aprovechar para tocarme la cola. Paso mis manos por detrás del cuerpo. Toco algo raro. Suben más personas de las que bajan. No sé si estoy tocando el piso. Recuerdo un recital en la cancha de Boca. "¿Qué tal si ahora gritara: ¡Fuego, fuego!?". Me río de mi misma. Un señor me mira y se ríe:
-Las vacas viajan mejor.
Sonrío. "Hoy es martes amarillo". En la próxima me bajo. Estoy a pasos de mi trabajo."Ojalá que Amanda no haya llegado todavía". Me pongo la careta. Atravieso la puerta.
-Hola, Cuni.
-Hola.
miércoles 11 de abril de 2007
Tema: La Vaca (un cuento para niños)
Había una vez una vaca llamada Olga que ansiaba fervorosamente ser la protagonista de una composición escolar.
En general los deseos de las vacas se vinculan con la satisfacción de las necesidades básicas como beber agua de una zanja, comer pasto y flores, pasear por el campo y descansar a la sombra de un árbol. Sin embargo, existen otro tipo de vacas, como Olga, que esconden otro tipo de deseos, deseos cuya realización les permitan romper la tranquera que circunda sus vidas rutinarias para así lanzarse a la aventura y sentir el verdadero sabor de la vida.
Entre las aspiraciones trascendentales que Olga atesoraba había dos muy importantes; la primera era convertirse en protagonista de una composición escolar y la segunda era vivir en la India. Pero como para ir a la Inda había que transportarse en avión, Olga decidió avocarse a su otro deseo. Al fin de cuentas, viajar al pueblo escondida en el camión lechero de Don Guido era mucho más fácil que sacar un boleto de avión.
Una mañana de rocío intenso, mientras Don Guido llenaba las botellas con leche, Olga se preparó para ejecutar su plan de fuga. Ella sabía que como siempre Don Guido se quedaría conversando un buen rato con María. Hacía tiempo que se gustaban, aunque María lo tratara de lento y holgazán.
Antes de que Olga trepara al camión por la rampa en la que se subían las leches, miró de reojo a sus compañeras. La mayoría la observó con desconfianza, otras con recelo, sólo Primia tuvo la delicadeza de guiñarle un ojo y saludarla con un suave movimiento de cola.
A la cuenta de tres, Olga escaló la rampa y se ubicó al fondo del camión donde se cobijó con una vieja manta que de alguna manera disimulaba toda su robustez.
Entre zarandeos y esfuerzos para no quejarse -Don Guido siempre fue muy brusco para manejar-, Olga advirtió que el motor se detuvo abruptamente, miró por la ventanita del camión y se alegró al reconocer la flamante bandera de la escuela.
El momento más peligroso se avecinaba: ¿Cómo salir sin que Don Guido le cerrara las puertas en el hocico?
Escuchar la voz de la Directora la tranquilizó, ella siempre tenía algo que reprocharle a Don Guido y eso a él lo ponía muy nervioso.
Cuando todas las botellas de leche fueron depositadas en el pasillo de la cocina de la escuela y mientras la Directora regañaba a Don Guido por haber llegado tarde, Olga saltó del camión extendiendo sus patas como nunca antes lo había hecho. Sintió que volaba, y al tocar el piso recordó el día en el que una torcaza herida se posó sobre su lomo.
Don Guido la vio, claro que la vio, todos la vieron, aunque seguramente nadie se percató del intenso dolor de cadera que
aquejaba a Olga, casi hasta las lágrimas.
-¿Qué hacés acá?, ¿de dónde saliste?- Dijo Don Guido.
Olga le devolvió una miraba desafiante. La Directora también la observaba, pero lo hacía con ternura, como si en realidad todo se tratara de un accidente. Luego se retiró diciendo que ya era tarde y que las clases debían comenzar de una buena vez.
Don Guido volvió a mirar a Olga asombrado y Olga volvió a observarlo desafiante: -No voy a subir-, pensaba.
Contrariamente a lo que la mayoría de las personas creen, cuando una vaca se empaca puede ser mucho peor que una mula. Así que finalmente Don Guido no pudo vencer la obstinación de Olga -o quizás su propia holgazanería- y la dejó sola a pocos pasos de la escuela.
Al fin Olga fue libre, al fin pudo recorrer las ventanas de la escuela en busca de aquel estudiante que estuviera dispuesto a escribir su historia, a adentrarse en una vida repleta de riquezas y secretos.
Lamentablemente no supe si Olga finalmente se convirtió en la protagonista principal de una composición escolar, creo que por un buen rato anduvo lamiendo la ventana de Nicolás Escobar, alumno de 4º “B”.
Lo que sí puedo decirles con certeza es que Olga, por una vez y para siempre, pudo ser protagonista de este relato.
En general los deseos de las vacas se vinculan con la satisfacción de las necesidades básicas como beber agua de una zanja, comer pasto y flores, pasear por el campo y descansar a la sombra de un árbol. Sin embargo, existen otro tipo de vacas, como Olga, que esconden otro tipo de deseos, deseos cuya realización les permitan romper la tranquera que circunda sus vidas rutinarias para así lanzarse a la aventura y sentir el verdadero sabor de la vida.
Entre las aspiraciones trascendentales que Olga atesoraba había dos muy importantes; la primera era convertirse en protagonista de una composición escolar y la segunda era vivir en la India. Pero como para ir a la Inda había que transportarse en avión, Olga decidió avocarse a su otro deseo. Al fin de cuentas, viajar al pueblo escondida en el camión lechero de Don Guido era mucho más fácil que sacar un boleto de avión.
Una mañana de rocío intenso, mientras Don Guido llenaba las botellas con leche, Olga se preparó para ejecutar su plan de fuga. Ella sabía que como siempre Don Guido se quedaría conversando un buen rato con María. Hacía tiempo que se gustaban, aunque María lo tratara de lento y holgazán.
Antes de que Olga trepara al camión por la rampa en la que se subían las leches, miró de reojo a sus compañeras. La mayoría la observó con desconfianza, otras con recelo, sólo Primia tuvo la delicadeza de guiñarle un ojo y saludarla con un suave movimiento de cola.
A la cuenta de tres, Olga escaló la rampa y se ubicó al fondo del camión donde se cobijó con una vieja manta que de alguna manera disimulaba toda su robustez.
Entre zarandeos y esfuerzos para no quejarse -Don Guido siempre fue muy brusco para manejar-, Olga advirtió que el motor se detuvo abruptamente, miró por la ventanita del camión y se alegró al reconocer la flamante bandera de la escuela.
El momento más peligroso se avecinaba: ¿Cómo salir sin que Don Guido le cerrara las puertas en el hocico?
Escuchar la voz de la Directora la tranquilizó, ella siempre tenía algo que reprocharle a Don Guido y eso a él lo ponía muy nervioso.
Cuando todas las botellas de leche fueron depositadas en el pasillo de la cocina de la escuela y mientras la Directora regañaba a Don Guido por haber llegado tarde, Olga saltó del camión extendiendo sus patas como nunca antes lo había hecho. Sintió que volaba, y al tocar el piso recordó el día en el que una torcaza herida se posó sobre su lomo.
Don Guido la vio, claro que la vio, todos la vieron, aunque seguramente nadie se percató del intenso dolor de cadera que
aquejaba a Olga, casi hasta las lágrimas.
-¿Qué hacés acá?, ¿de dónde saliste?- Dijo Don Guido.
Olga le devolvió una miraba desafiante. La Directora también la observaba, pero lo hacía con ternura, como si en realidad todo se tratara de un accidente. Luego se retiró diciendo que ya era tarde y que las clases debían comenzar de una buena vez.
Don Guido volvió a mirar a Olga asombrado y Olga volvió a observarlo desafiante: -No voy a subir-, pensaba.
Contrariamente a lo que la mayoría de las personas creen, cuando una vaca se empaca puede ser mucho peor que una mula. Así que finalmente Don Guido no pudo vencer la obstinación de Olga -o quizás su propia holgazanería- y la dejó sola a pocos pasos de la escuela.
Al fin Olga fue libre, al fin pudo recorrer las ventanas de la escuela en busca de aquel estudiante que estuviera dispuesto a escribir su historia, a adentrarse en una vida repleta de riquezas y secretos.
Lamentablemente no supe si Olga finalmente se convirtió en la protagonista principal de una composición escolar, creo que por un buen rato anduvo lamiendo la ventana de Nicolás Escobar, alumno de 4º “B”.
Lo que sí puedo decirles con certeza es que Olga, por una vez y para siempre, pudo ser protagonista de este relato.
martes 3 de abril de 2007
Dónde
Algunos estarán en manos de otras mujeres, protegiendo a otros cuerpos de la incesante lluvia. Recuerdo uno que era hermoso, se abría automáticamente y desplegaba flores al cielo. Otros seguirán viajando en el asiento de un tren, cerraditos, cuadriculados, tal vez secos ya. A uno lo recuperé en el consultorio del dentista, había pasado tanto tiempo y lo habían arrumbado junto a tantos otros compañeros que me costó reconocerlo.
Otro tenía un rayo doblado, recuerdo el día de la batalla, fue en una esquina oscura y melancólica de Barracas, en mi lucha contra el viento se me dobló la muñeca y “SuperCalifragilísticoEspialidoso” no me transformó en Mary Poppins, entonces tuve que sacrificarlo en una de esas veredas altas y con la mitad de sus rayos partidos.
Otro quedó en la casa de un antiguo amante; yo no voy a llamarlo para que me lo devuelva, tengo mi orgullo también, el orgullo es pariente del honor pero muy amigo del olvido a la vez, es así, no se puede todo en la vida.
Algunos seguirán viajando en el asiento trasero de un colectivo, cerraditos, a pintitas, sequitos ya.
En días lluviosos como los que pasaron suelo ponerme melancólica, suelo filosofar acerca de la vida misma, de la existencia del ser, de la belleza, la bondad. En días como los que pasaron suelo preguntarme: ¿Dónde estarán todos los paraguas que perdí en mi vida? ¿Dónde va la gente cuando llueve?,¿eh?
Otro tenía un rayo doblado, recuerdo el día de la batalla, fue en una esquina oscura y melancólica de Barracas, en mi lucha contra el viento se me dobló la muñeca y “SuperCalifragilísticoEspialidoso” no me transformó en Mary Poppins, entonces tuve que sacrificarlo en una de esas veredas altas y con la mitad de sus rayos partidos.
Otro quedó en la casa de un antiguo amante; yo no voy a llamarlo para que me lo devuelva, tengo mi orgullo también, el orgullo es pariente del honor pero muy amigo del olvido a la vez, es así, no se puede todo en la vida.
Algunos seguirán viajando en el asiento trasero de un colectivo, cerraditos, a pintitas, sequitos ya.
En días lluviosos como los que pasaron suelo ponerme melancólica, suelo filosofar acerca de la vida misma, de la existencia del ser, de la belleza, la bondad. En días como los que pasaron suelo preguntarme: ¿Dónde estarán todos los paraguas que perdí en mi vida? ¿Dónde va la gente cuando llueve?,¿eh?
lunes 19 de marzo de 2007
Nada
Una muchacha aburrida y enredada en el letargo de una siesta que no puede dormir, camina por las calles de su pueblo en busca de una historia para contar; en busca de un acontecimiento que sea lo suficientemente novedoso y cautivante como para convertirla en la protagonista principal de la próxima fiesta de carnaval.
Bien podría sentarse junto al arroyo y dejarse encandilar por el resplandor de la corriente. Bien podría echarse boca al cielo y reconocer las mil voces de la naturaleza o pasear por la soledad de las calles y sentirse dueña de su lugar.
Podría hacer tantas cosas: despertar a un amigo, arrancar una fruta de su propio árbol, leer un cuento en el banco de una plaza o esperar a que llegue el tren con la ilusión de encontrar una cara nueva.
Pero no, la muchacha aburrida y aletargada, en cambio, se empeña en apurar al futuro, en tejer el preludio de una historia sin igual.
Hoy soy como esa muchacha, con un lápiz, un papel y nada que contar.
Bien podría sentarse junto al arroyo y dejarse encandilar por el resplandor de la corriente. Bien podría echarse boca al cielo y reconocer las mil voces de la naturaleza o pasear por la soledad de las calles y sentirse dueña de su lugar.
Podría hacer tantas cosas: despertar a un amigo, arrancar una fruta de su propio árbol, leer un cuento en el banco de una plaza o esperar a que llegue el tren con la ilusión de encontrar una cara nueva.
Pero no, la muchacha aburrida y aletargada, en cambio, se empeña en apurar al futuro, en tejer el preludio de una historia sin igual.
Hoy soy como esa muchacha, con un lápiz, un papel y nada que contar.
lunes 12 de marzo de 2007
( )__" " .
-Entre paréntesis quiero subrayar que Carlos fue novio de Laura, y cuando digo novio lo digo entre comillas porque ya sabemos cómo es Laura, así que no lo voy a volver a llamar y punto
sábado 3 de marzo de 2007
Lift
lunes 26 de febrero de 2007
Verano del 83
-¿Querés ser mi amiga?
-La amistad es algo que surge espontáneamente, no debe forzarse.
-La amistad es algo que surge espontáneamente, no debe forzarse.
domingo 25 de febrero de 2007
Neurosis Dominical - Encuesta
Las fetas de realidad que se cuelan por las hendijas de tu persiana son lo suficientemente…
A) Misteriosas
B) Sórdidas
C) Estridentes
D) Aburridas
E) Sabrosas
F) Polvorientas
G) Insulsas
H) Divertidas
I) Otra
...como para que quieras levantarte de tu cama.
(Por favor respondé en la sección Comentarios, si es que te interesa, obviamente)
A) Misteriosas
B) Sórdidas
C) Estridentes
D) Aburridas
E) Sabrosas
F) Polvorientas
G) Insulsas
H) Divertidas
I) Otra
...como para que quieras levantarte de tu cama.
(Por favor respondé en la sección Comentarios, si es que te interesa, obviamente)
martes 20 de febrero de 2007
Declaraciones - Real Academia Española
La Real Academia Española se fundó en 1713 por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena. Durante el acto de inauguración, la prensa oficial le solicitó al marqués que explicara por qué se había decidido representar la finalidad de la nueva institución bajo el emblema:
“Limpia, fija y da esplendor”.
Así respondió el Marqués:
“Sucede que un error de ortografía es como asistir a una reunión con una mancha de tuco en la camisa o con un pedazo de lechuga atascado en los dientes”.
Así respondió el Marqués:
“Sucede que un error de ortografía es como asistir a una reunión con una mancha de tuco en la camisa o con un pedazo de lechuga atascado en los dientes”.
lunes 12 de febrero de 2007
Rebelde
Alguna vez me encantaría fingir que me tropiezo y así poder abalanzarme sobre una pirámide de latas de tomates. Ver todas esas latas rodando por el suelo, bailando al ritmo de un estruendo de aluminio, de plástico y metal ...¡Cuánto placer!
Por una vez podría revertir el orden de las cosas. Sería como romper con los mandatos sociales y familiares, con los sistemas de gobierno corruptos ¡Con todos los sistemas!. Sería como un hachazo al capitalismo; el fin de la pobreza y de la desigualdad de oportunidades. ¡Adiós burocracia, inflación, recesión, desocupación! ¡Basta de prejuicios anquilosados en el seno de todas las culturas! ¡Adiós opinión pública! ¡Bienvenida la libertad de pensamiento y la diversidad! ¡Bast...
-¿Abona en efectivo o con tarjeta?
-¿Eh?, ah, eeehhh...con tickets.
-¿Tiene tarjeta Disco Plus?
-No.
-¿Me permitiría ver su bolso, por favor?
-Sí, sí, claro.
Por una vez podría revertir el orden de las cosas. Sería como romper con los mandatos sociales y familiares, con los sistemas de gobierno corruptos ¡Con todos los sistemas!. Sería como un hachazo al capitalismo; el fin de la pobreza y de la desigualdad de oportunidades. ¡Adiós burocracia, inflación, recesión, desocupación! ¡Basta de prejuicios anquilosados en el seno de todas las culturas! ¡Adiós opinión pública! ¡Bienvenida la libertad de pensamiento y la diversidad! ¡Bast...
-¿Abona en efectivo o con tarjeta?
-¿Eh?, ah, eeehhh...con tickets.
-¿Tiene tarjeta Disco Plus?
-No.
-¿Me permitiría ver su bolso, por favor?
-Sí, sí, claro.
Una mujer engañada
Vuelvo a casa antes de lo previsto y encuentro a mi marido en la cama con otra mujer. Quedo perpleja mirándolos, ellos estúpidamente tratan de ocultarse entre las sábanas y digo:
—No sé cómo reaccionar—. Me quedo observándolos con la yema de dos dedos rozando mis labios, me inquieta que ninguno de los dos responda.
—Díganme qué quieren que haga, ¿quieren que grite? Porque si quieren me pongo a gritar—. Entonces comienzo a aullar las barbaridades más espantosas que jamás haya dicho.
—No te pongas así—dice mi marido.
—No me digas lo que tengo que hacer porque todavía no reaccioné—Golpeo la cómoda con el puño—¡Dije que quiero que me digan cómo tengo que reaccionar, mierda! Voy a entrar de nuevo.
Cierro la puerta, respiro hondo y vuelvo a entrar.
— ¡Oh, Ricardo!, ¿qué significa todo esto?
Ricardo me mira, no sabe si estoy jugando o si hablo en serio.
—Vos esperabas que reaccionara así, ¿no? Seguramente me ibas a decir que todo tenía una explicación, te ibas a enrollar en la sábana, ibas a acercarte para contenerme y yo te iba a pedir que no me tocaras después de haber estado con esa…
—¿Cómo te llamás, querida?
—Marta.
—¿Marta?—Miro a Ricardo fijamente a los ojos— ¿Marta?—. La miro a Marta y a mi marido, a Marta y a mi marido— ¿M-a-r-t-a?—. Un violento ataque de risa se apodera de mí, es incontenible, no puedo parar. Entonces entre carcajadas le digo a mi marido que es obvio que esa reacción no sirve y le propongo otra. Cierro la puerta y un segundo después la vuelvo a abrir.
— ¡Oh!, disculpen—. Cierro la puerta y desde afuera grito:
—Ricardo, escuchame, me parece que nos tenemos que separar.
Mi marido me dice que sí, que la separación es inminente, que hace mucho que la relación no funciona, que lamenta no sé qué cosa y que él no hubiera deseado que todo acabara así, pero que a veces…
—Escuchame, querido, ¿vos te pensás que soy tarada, que te iba a resultar tan fácil? ¿Qué hacen vestidos ahora?, ¡sáquense la ropa porque todavía no reaccioné, mierda! Ahora voy a llamar por teléfono y voy a avisar que estoy a cinco cuadras de casa y vos Marta te escondés en el placard.
Cierro la puerta, tomo el celular y llamo a mi propia casa pero me da ocupado. Entonces enfurecida abro la puerta y lo veo a Ricardo hablando por teléfono.
—¿No ves que no estás hablando conmigo? ¿Y vos qué hacés que no estás en el placard?, ¡Marta!—. Y me vuelvo a morir de la risa y empiezo a zapatear una suerte de malambo en el umbral de mi propio cuarto y aleteo los brazos; un, dos, tres. Sí, sí, como la protagonista de una película que vi, ella zapateaba y aleteaba…Una lagrimita “pin”, dos lagrimitas “pin pin” y canto: “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”. Sigo aleteando y revoleo la cabeza.
—Mirame Ricardo, soy Gloria Trevi —. Me canso un poquito, me agito, cada vez que trago saliva un cuchillo atraviesa mi garganta.
—Vení Marta, bailá conmigo—Aleteo y zapateo—Dejame que te cuente que yo tenía 20 y él 23—
Me agito, estoy cansada, muy cansada.
—Punto y coma, el que no se escondió se embroma—. Pienso en mi mamá mientras giran los retratos, las mesitas de luz, la ventana, la puerta y me golpeo la rodilla con el vértice de la cama, me duele, “pin pin”.
—Te muestro la libreta Martita—Aleteo, aleteo y zapateo.—Dame un besito, Ricardo—Hago trompita—Si ronca dalo vuelta Marta, que no hace falta planchar y lavar y prepará las milanesas para el jueves que se las come en tres bocados.
—¿Por qué se van?, no me dejen ahora, cambien las sábanas, al menos—.
Aleteo y zapateo, recuerdo una tormenta en la montaña, un trébol y mi cuerpo cubierto de miel; luna de miel.
Se van, se me escapan, los sigo, los pierdo, entonces salgo al balcón y los veo cruzar la calle y grito: “¡Viva, viva, los locos que inventaron el amor!”
—No sé cómo reaccionar—. Me quedo observándolos con la yema de dos dedos rozando mis labios, me inquieta que ninguno de los dos responda.
—Díganme qué quieren que haga, ¿quieren que grite? Porque si quieren me pongo a gritar—. Entonces comienzo a aullar las barbaridades más espantosas que jamás haya dicho.
—No te pongas así—dice mi marido.
—No me digas lo que tengo que hacer porque todavía no reaccioné—Golpeo la cómoda con el puño—¡Dije que quiero que me digan cómo tengo que reaccionar, mierda! Voy a entrar de nuevo.
Cierro la puerta, respiro hondo y vuelvo a entrar.
— ¡Oh, Ricardo!, ¿qué significa todo esto?
Ricardo me mira, no sabe si estoy jugando o si hablo en serio.
—Vos esperabas que reaccionara así, ¿no? Seguramente me ibas a decir que todo tenía una explicación, te ibas a enrollar en la sábana, ibas a acercarte para contenerme y yo te iba a pedir que no me tocaras después de haber estado con esa…
—¿Cómo te llamás, querida?
—Marta.
—¿Marta?—Miro a Ricardo fijamente a los ojos— ¿Marta?—. La miro a Marta y a mi marido, a Marta y a mi marido— ¿M-a-r-t-a?—. Un violento ataque de risa se apodera de mí, es incontenible, no puedo parar. Entonces entre carcajadas le digo a mi marido que es obvio que esa reacción no sirve y le propongo otra. Cierro la puerta y un segundo después la vuelvo a abrir.
— ¡Oh!, disculpen—. Cierro la puerta y desde afuera grito:
—Ricardo, escuchame, me parece que nos tenemos que separar.
Mi marido me dice que sí, que la separación es inminente, que hace mucho que la relación no funciona, que lamenta no sé qué cosa y que él no hubiera deseado que todo acabara así, pero que a veces…
—Escuchame, querido, ¿vos te pensás que soy tarada, que te iba a resultar tan fácil? ¿Qué hacen vestidos ahora?, ¡sáquense la ropa porque todavía no reaccioné, mierda! Ahora voy a llamar por teléfono y voy a avisar que estoy a cinco cuadras de casa y vos Marta te escondés en el placard.
Cierro la puerta, tomo el celular y llamo a mi propia casa pero me da ocupado. Entonces enfurecida abro la puerta y lo veo a Ricardo hablando por teléfono.
—¿No ves que no estás hablando conmigo? ¿Y vos qué hacés que no estás en el placard?, ¡Marta!—. Y me vuelvo a morir de la risa y empiezo a zapatear una suerte de malambo en el umbral de mi propio cuarto y aleteo los brazos; un, dos, tres. Sí, sí, como la protagonista de una película que vi, ella zapateaba y aleteaba…Una lagrimita “pin”, dos lagrimitas “pin pin” y canto: “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”. Sigo aleteando y revoleo la cabeza.
—Mirame Ricardo, soy Gloria Trevi —. Me canso un poquito, me agito, cada vez que trago saliva un cuchillo atraviesa mi garganta.
—Vení Marta, bailá conmigo—Aleteo y zapateo—Dejame que te cuente que yo tenía 20 y él 23—
Me agito, estoy cansada, muy cansada.
—Punto y coma, el que no se escondió se embroma—. Pienso en mi mamá mientras giran los retratos, las mesitas de luz, la ventana, la puerta y me golpeo la rodilla con el vértice de la cama, me duele, “pin pin”.
—Te muestro la libreta Martita—Aleteo, aleteo y zapateo.—Dame un besito, Ricardo—Hago trompita—Si ronca dalo vuelta Marta, que no hace falta planchar y lavar y prepará las milanesas para el jueves que se las come en tres bocados.
—¿Por qué se van?, no me dejen ahora, cambien las sábanas, al menos—.
Aleteo y zapateo, recuerdo una tormenta en la montaña, un trébol y mi cuerpo cubierto de miel; luna de miel.
Se van, se me escapan, los sigo, los pierdo, entonces salgo al balcón y los veo cruzar la calle y grito: “¡Viva, viva, los locos que inventaron el amor!”
Iris Humano - Iris Mecánico
El presentador se sentó sobre la banqueta de metal, con un pie tocó el piso y con el otro la barrita de metal que une las patas de la banqueta de metal.Lo envolvía una atmósfera de gloria y laureles, tenía una mirada azul filosa, atrevida, tan atrevida que hacía reír.
Cuando todo estuvo listo y el presentador finalmente miró a la cámara, se produjo el primer gran encuentro. Su iris humano había tomado contacto con el iris mecánico de la cámara. El presentador pudo verlo todo. El presentador creyó ver al mundo entero que se le mostraba plano detrás del iris mecánico de la cámara.
Vio todo, vio alrededor de cien mil quinientas veinticuatro personas que lo miraban desde distintos lugares. Hizo foco con su propio iris humano en alguno de esos lugares y pudo ver cocinas, comedores, habitaciones, comercios. Vio todo tipo de personas al mismo tiempo, vio mujeres que estornudaban, que tosían, que reían. Vio hombres que hablaban, vio parejas desnudas que lo miraban con sosiego, vio platos de comida, objetos que le parecieron indescifrables, vio cosas desagradables. Vio doscientas cincuenta mil tipos de luces que se apagaban y se encendían con la velocidad propia de la luz. Escuchó cuatrocientos treinta y dos ruidos distintos, algunos eran conocidos, otros le parecieron desagradables y ensordecedores. Escuchó un murmullo de voces que no cesaba nunca, no pudo reconocer ninguna palabra, era como si hubiera metido su cabeza dentro de un panal de abejas.
Lo vio todo, vio cristales y manijas, vio encendedores y esterillas, vio perlas y rollos de papel higiénico, vio a un niño con bigotes de frutilla y a un perro que se lamía. Vio a su propia casa y a su mujer que lo aguardaba como siempre.
Cuando la luz roja de la cámara se encendió, le pareció que todo ese mundo plano que había detrás del iris mecánico y que él podía percibir con su iris humano, se detenía al unísono, entonces dijo lo de siempre:
Buenas noches, bienvenidos una vez más a….
Diez segundos después de haber terminado el programa, se produjo el segundo gran encuentro. Con discreción y timidez me asomé por detrás de la cámara, sabía que el presentador me estaba esperando y lo miré.
-¿Quién sos?
-Soy nueva- Respondí.
Y nos quedamos unos segundos observándonos, él con su mirada azul filosa y atrevida de iris humano y yo con la mía gris y transparente de iris mecánico.
* El dibujo es creación de Mariposa Mística y me lo ha prestado gentilmente (http://mariposamistica.blogspot.com/)
Sola
Me gusta apoyar el pico de esta botella de vino sobre el borde de esta copa de cristal y observar cómo esa impúdica gota resbala sobre las caras externas del cristal.
Me gusta mojar mi dedo y recorrer el camino morado que la gota trazó.
Me gusta abrir toda mi boca por una sola gota e imaginar, al menos por un ratito, que en mí se encarna una sensualidad tan especial, tan poderosa que hasta podría torcer una flor con un mínimo gesto.
Pero ya es medianoche; la hora en la que el carruaje se convierte en calabaza y mis metáforas se rinden ante todas las realidades posibles.
Ya es medianoche y creo, quizás inocentemente, que esta debe ser la hora en la que los amantes hacen el amor, mientras yo escribo esta enorme estupidez.
La piecita del fondo
Antes de abrir mis ojos supe con desesperación y angustia que no me hallaba en el mismo sitio en el que me había dormido la noche anterior. No recuerdo bien si me dolía más la espalda o el cuello, pues tenía la cabeza apoyada sobre un objeto extraño.
Pronto el rectángulo de luz que proyectaba la única ventanita del cuarto, iluminó –inocente y fría- la piecita del fondo de mi casa paterna. Olía a cemento y a bencina, como siempre.
Al intentar incorporarme hice chirriar con mi codo derecho a un pato de goma amarillenta, me asusté, pero no lo suficiente como para intentar huir ni comprender la extraña razón por la que me encontraba en ese lugar. Quizás haya sido la familiaridad de los objetos arrumbados la que devolvió cierta tranquilidad a mis presentimientos más siniestros.
Sobre un tablón que sostenía un tocadiscos Audinac y una regadera, una muñeca manca me guiñaba un ojo. Colgadas de las paredes, reconocí las herramientas de mi abuelo que con el óxido y el polvo habían perdido sus formas originales. En un rincón vislumbré la vieja cortadora de césped que mi padre nunca supo arreglar, sobre su base había una raqueta Wilson de madera y el gamulán de mi hermano.
El retrato de mi madre me observaba como la muñeca y una brújula descalibrada marcaba la orientación Sur.
Caminé unos pasos para observar de cerca un mueble descolado y sin querer pisé mi primer álbum de figuritas, incompleto. Descubrí muchos juguetes; el Simon Says, el Cubo Mágico, unas bolsitas de Tinenti, soldados de plomo, un reloj pulsera de Blancanieves y un andador con forma de caballito.
Sobre un repisa -pegadas a una copa que gané en mi primer torneo de pelota al cesto-, se exhibían como en una vidriera, cuatro botellas de gaseosas; Teem, Tab, Mirinda, Ginger Ale.
No faltó la cajita de música más triste del mundo ni el calefón Volcan, ni mi boletín de primer grado, ni el disco de Richard Cleyderman.
Recuperé la ansiedad y el miedo cuando noté que el reloj Longines daba las ocho -o las veinte-. Intenté abrir la puerta pero parecía más sellada que la de un féretro, volteé mi mirada hacia la única ventanita de la pieza; demasiado pequeña para mi cuerpo crecido. Volví a golpear la puerta, grité un poco y lloriqueé al recordar dos cosas importantes: que ese día era mi cumpleaños y que la casa paterna se había vendido hacía exactamente veinticinco años atrás.
Pronto el rectángulo de luz que proyectaba la única ventanita del cuarto, iluminó –inocente y fría- la piecita del fondo de mi casa paterna. Olía a cemento y a bencina, como siempre.
Al intentar incorporarme hice chirriar con mi codo derecho a un pato de goma amarillenta, me asusté, pero no lo suficiente como para intentar huir ni comprender la extraña razón por la que me encontraba en ese lugar. Quizás haya sido la familiaridad de los objetos arrumbados la que devolvió cierta tranquilidad a mis presentimientos más siniestros.
Sobre un tablón que sostenía un tocadiscos Audinac y una regadera, una muñeca manca me guiñaba un ojo. Colgadas de las paredes, reconocí las herramientas de mi abuelo que con el óxido y el polvo habían perdido sus formas originales. En un rincón vislumbré la vieja cortadora de césped que mi padre nunca supo arreglar, sobre su base había una raqueta Wilson de madera y el gamulán de mi hermano.
El retrato de mi madre me observaba como la muñeca y una brújula descalibrada marcaba la orientación Sur.
Caminé unos pasos para observar de cerca un mueble descolado y sin querer pisé mi primer álbum de figuritas, incompleto. Descubrí muchos juguetes; el Simon Says, el Cubo Mágico, unas bolsitas de Tinenti, soldados de plomo, un reloj pulsera de Blancanieves y un andador con forma de caballito.
Sobre un repisa -pegadas a una copa que gané en mi primer torneo de pelota al cesto-, se exhibían como en una vidriera, cuatro botellas de gaseosas; Teem, Tab, Mirinda, Ginger Ale.
No faltó la cajita de música más triste del mundo ni el calefón Volcan, ni mi boletín de primer grado, ni el disco de Richard Cleyderman.
Recuperé la ansiedad y el miedo cuando noté que el reloj Longines daba las ocho -o las veinte-. Intenté abrir la puerta pero parecía más sellada que la de un féretro, volteé mi mirada hacia la única ventanita de la pieza; demasiado pequeña para mi cuerpo crecido. Volví a golpear la puerta, grité un poco y lloriqueé al recordar dos cosas importantes: que ese día era mi cumpleaños y que la casa paterna se había vendido hacía exactamente veinticinco años atrás.
Beso
Mi primer beso duró lo que tarda un ascensor en bajar nueve pisos. Y no escuché música de violines ni el graznar de las gaviotas ni la fuerza de las olas al romper en la orilla. Más bien tuvo gusto a frutillas y una prolongada sensación de que el ascensor no se detendría jamás.
lunes 20 de noviembre de 2006
Relaciones Laborales
En el fondo del pasillo, antes de llegar al baño de damas, se encuentra la cartelera de “Sociales” de la Gran Empresa. Allí, Juan Ignacio Bustos, Jefe de Relaciones Industriales de la Gran Empresa, colocó, con cierta vergüenza e indecisión, el siguiente aviso:
Regalo perra Ovejero, 10 años, sana, guardiana. Se llama Lucy. Interno: 4120.
La cartelera de “Sociales” es la vía de comunicación que muchos operarios eligen para vender o permutar cosas viejas, o bien para anunciar actividade tales como torneos de fútbol, fiestas o excursiones.Juan Ignacio había meditado mucho antes de publicar el aviso. Él creía que ningún empleado administrativo hubiera utilizado la cartelera porque consideraba que los administrativos no tienen necesidad de vender o permutar cosas viejas y que cuando algo no les sirve hacen donaciones o simplemente tiran esas cosas viejas.
Pero la perra Lucy había sido la fiel compañera de su abuela, la había acompañado hasta su muerte y ahora que no le quedaban parientes vivos y que la pulcritud de su departamento no era el ambiente adecuado para Lucy, pensó que la mejor alternativa para ubicar al perro era recurrir a la cartelera de “Sociales”.
Después de tres días de haber publicado el aviso, el teléfono del interno 4120 sonó
-Sí.- Hola, soy Vanesa Ferreti del sector de Estampado.
-Sí.- Llamo por el aviso de la perrita Lucy.
-Sí.- Quisiera llevármela a mi casa, el único problema es que vivo lejos y no tengo cómo llevarla.
-Antes que nada, quisiera aclararle que el perro no es Ovejero de raza.
-¿Los Ovejeros son unos que tienen el hocico achatado?
-No.
-Ah, qué bueno, porque esos son los únicos que no me gustan, dicen que esos muerden la mano del que les da de comer. Yo quiero a la perra porque necesito que cuide mi casa, que meta un poco de miedo.
-En ése sentido no va a tener problema.
Juan Ignacio anotó la dirección de Vanesa y pensó que nunca había ido a Sarandí. Después observó detenidamente su legajo. La chica tenía 33 años y hacía siete que trabajaba en la Gran Empresa, al parecer vivía con su madre. Su trabajo consistía en accionar una máquina que imprimía estampas con el nombre de la Gran Empresa sobre cajas de madera.
Camino a Sarandí, Juan Ignacio pensó que Vanesa debería levantarse a las 4 de la mañana para llegar al trabajo, la misma hora en la que él lograba conciliar el sueño al menos tres veces por semana.
Cuando Vanesa abrió la puerta, se sorprendió al ver que el dueño de la perra era el Jefe de Relaciones Industriales, pero rápidamente se acercó a Lucy y la abrazó como si se tratara de una vieja mascota que se había perdido y que un extraño traía de vuelta.Juan Ignacio observó detenidamente la casa, tenía un solo cuarto que Vanesa compartía con su madre. Allí no había ningún sillón que romper ni alfombra que llenar de pelos y era imposible que se sintiera el olor a perro porque el olor a quema que venía del barrio era más fuerte que cualquier otro.
Antes de irse, Juan Ignacio les dejó a Vanesa y a su madre una bolsa grande de alimento balanceado, las mujeres se rieron a carcajadas y le juraron a Juan Ignacio que en esa casa se cocinaban los mejores guisos del mundo y que en ningún lado, ni siquiera en París, se debían comer los guisos que ellas cocinaban.
Con el asunto de la perra resuelto, Juan Ignacio pudo dormir mejor, pero eso no duró mucho tiempo porque Vanesa Ferreti, sin darse cuenta, comenzó a obstaculizar los planes de ascenso que el Jefe de Relaciones Industriales había desarrollado con brillante habilidad política dentro de la Gran Empresa.
Cada vez que Vanesa y Juan Ignacio se cruzaban por los pasillos, Vanesa se encargaba de contarle todo lo que la perra hacía en su nuevo hogar. Al principio le dijo que Lucy parecía triste y que a cierta hora del día se paraba detrás de la puerta, como si estuviera esperando a alguien, pero que de todos modos eso no le impedía ladrar con valentía si escuchaba ruidos extraños. Otro día, mientras Juan Ignacio conversaba con unos Gerentes en el pasillo, Vanesa se acercó para contarle con entusiasmo que Lucy ya estaba adaptaba y que todas las tardes corría al gato del vecino que osaba treparse por la medianera y que eso la alegraba porque el vecino era una mala persona.
Pero el colmo sucedió un día que Juan Ignacio caminaba con el Director de la Gran Empresa por el pasillo oblongo que conduce a la cartelera de “Sociales” y de frente distinguió a Vanesa que se aproximaba con una sonrisa. Juan Ignacio sintió que el tiempo se ralentaba y que a medida que la distancia entre ellos y la operaria se acortaba, sus planes de ascenso dentro de la Gran Empresa se hacían trizas. Ésa vez, Juan Ignacio no pudo escuchar lo que Vanesa dijo porque el hervor de su cabeza no le permitió distinguir palabra alguna, sólo atinó a decir que había olvidado hacer un llamado telefónico importante y dejó solos a Vanesa y al Director en el pasillo oblongo.
Juan Ignacio dio algunas indicaciones a su secretaria y se fue al bar más cercano a la Gran Empresa. Allí, entre alcohol y cigarrillos, pensó en un plan para recuperar la brillante habilidad política que una estúpida estampadora había arruinado por un estúpido perro.
Cuando se hizo de noche tomó su auto, no estaba en condiciones de manejar pero el viaje se le hizo corto, mientras andaba por la autopista recordó el día en el que había irrumpido en la casa de su abuela, hacía días que no contestaba el teléfono y cuando abrió la puerta la encontró muerta junto a Lucy que lo miraba con recelo, pensó que esa perra nunca lo había querido. Pateó la puerta y entró, Lucy se paró de un salto pero no ladró porque lo reconoció. Vanesa estaba en la cocina y Juan Ignacio se le acercó como una bala, la tomó del cuello y la zamarreó, primero la golpeó en la mejilla izquierda y le preguntó entre dientes si entendía la diferencia entre un operario, un jefe, un gerente y un director. Cuando Vanesa asintió con la cabeza, Juan Ignacio la volvió a golpear y le dijo que quien se creía que era para andar refregándole su dignidad de pobre, que no fuera estúpida porque la dignidad de los pobres no existía, que eso era sólo un invento de los poderosos para que los pobres se sientan orgullos de ser pobres y no pretendan ascender socialmente, pero que ella era tan idiota que no se había dado cuenta de eso.
Por fin Lucy comenzó a ladrar y Juan Ignacio soltó con fuerza a Vanesa. La perra corrió detrás del nieto de quien le había enseñado a cuidar, lo corrió hasta el auto y ladró, ladró y ladró y corrió hasta donde pudo, hasta donde sus patas de vieja guardiana le permitieron.
Regalo perra Ovejero, 10 años, sana, guardiana. Se llama Lucy. Interno: 4120.
La cartelera de “Sociales” es la vía de comunicación que muchos operarios eligen para vender o permutar cosas viejas, o bien para anunciar actividade tales como torneos de fútbol, fiestas o excursiones.Juan Ignacio había meditado mucho antes de publicar el aviso. Él creía que ningún empleado administrativo hubiera utilizado la cartelera porque consideraba que los administrativos no tienen necesidad de vender o permutar cosas viejas y que cuando algo no les sirve hacen donaciones o simplemente tiran esas cosas viejas.
Pero la perra Lucy había sido la fiel compañera de su abuela, la había acompañado hasta su muerte y ahora que no le quedaban parientes vivos y que la pulcritud de su departamento no era el ambiente adecuado para Lucy, pensó que la mejor alternativa para ubicar al perro era recurrir a la cartelera de “Sociales”.
Después de tres días de haber publicado el aviso, el teléfono del interno 4120 sonó
-Sí.- Hola, soy Vanesa Ferreti del sector de Estampado.
-Sí.- Llamo por el aviso de la perrita Lucy.
-Sí.- Quisiera llevármela a mi casa, el único problema es que vivo lejos y no tengo cómo llevarla.
-Antes que nada, quisiera aclararle que el perro no es Ovejero de raza.
-¿Los Ovejeros son unos que tienen el hocico achatado?
-No.
-Ah, qué bueno, porque esos son los únicos que no me gustan, dicen que esos muerden la mano del que les da de comer. Yo quiero a la perra porque necesito que cuide mi casa, que meta un poco de miedo.
-En ése sentido no va a tener problema.
Juan Ignacio anotó la dirección de Vanesa y pensó que nunca había ido a Sarandí. Después observó detenidamente su legajo. La chica tenía 33 años y hacía siete que trabajaba en la Gran Empresa, al parecer vivía con su madre. Su trabajo consistía en accionar una máquina que imprimía estampas con el nombre de la Gran Empresa sobre cajas de madera.
Camino a Sarandí, Juan Ignacio pensó que Vanesa debería levantarse a las 4 de la mañana para llegar al trabajo, la misma hora en la que él lograba conciliar el sueño al menos tres veces por semana.
Cuando Vanesa abrió la puerta, se sorprendió al ver que el dueño de la perra era el Jefe de Relaciones Industriales, pero rápidamente se acercó a Lucy y la abrazó como si se tratara de una vieja mascota que se había perdido y que un extraño traía de vuelta.Juan Ignacio observó detenidamente la casa, tenía un solo cuarto que Vanesa compartía con su madre. Allí no había ningún sillón que romper ni alfombra que llenar de pelos y era imposible que se sintiera el olor a perro porque el olor a quema que venía del barrio era más fuerte que cualquier otro.
Antes de irse, Juan Ignacio les dejó a Vanesa y a su madre una bolsa grande de alimento balanceado, las mujeres se rieron a carcajadas y le juraron a Juan Ignacio que en esa casa se cocinaban los mejores guisos del mundo y que en ningún lado, ni siquiera en París, se debían comer los guisos que ellas cocinaban.
Con el asunto de la perra resuelto, Juan Ignacio pudo dormir mejor, pero eso no duró mucho tiempo porque Vanesa Ferreti, sin darse cuenta, comenzó a obstaculizar los planes de ascenso que el Jefe de Relaciones Industriales había desarrollado con brillante habilidad política dentro de la Gran Empresa.
Cada vez que Vanesa y Juan Ignacio se cruzaban por los pasillos, Vanesa se encargaba de contarle todo lo que la perra hacía en su nuevo hogar. Al principio le dijo que Lucy parecía triste y que a cierta hora del día se paraba detrás de la puerta, como si estuviera esperando a alguien, pero que de todos modos eso no le impedía ladrar con valentía si escuchaba ruidos extraños. Otro día, mientras Juan Ignacio conversaba con unos Gerentes en el pasillo, Vanesa se acercó para contarle con entusiasmo que Lucy ya estaba adaptaba y que todas las tardes corría al gato del vecino que osaba treparse por la medianera y que eso la alegraba porque el vecino era una mala persona.
Pero el colmo sucedió un día que Juan Ignacio caminaba con el Director de la Gran Empresa por el pasillo oblongo que conduce a la cartelera de “Sociales” y de frente distinguió a Vanesa que se aproximaba con una sonrisa. Juan Ignacio sintió que el tiempo se ralentaba y que a medida que la distancia entre ellos y la operaria se acortaba, sus planes de ascenso dentro de la Gran Empresa se hacían trizas. Ésa vez, Juan Ignacio no pudo escuchar lo que Vanesa dijo porque el hervor de su cabeza no le permitió distinguir palabra alguna, sólo atinó a decir que había olvidado hacer un llamado telefónico importante y dejó solos a Vanesa y al Director en el pasillo oblongo.
Juan Ignacio dio algunas indicaciones a su secretaria y se fue al bar más cercano a la Gran Empresa. Allí, entre alcohol y cigarrillos, pensó en un plan para recuperar la brillante habilidad política que una estúpida estampadora había arruinado por un estúpido perro.
Cuando se hizo de noche tomó su auto, no estaba en condiciones de manejar pero el viaje se le hizo corto, mientras andaba por la autopista recordó el día en el que había irrumpido en la casa de su abuela, hacía días que no contestaba el teléfono y cuando abrió la puerta la encontró muerta junto a Lucy que lo miraba con recelo, pensó que esa perra nunca lo había querido. Pateó la puerta y entró, Lucy se paró de un salto pero no ladró porque lo reconoció. Vanesa estaba en la cocina y Juan Ignacio se le acercó como una bala, la tomó del cuello y la zamarreó, primero la golpeó en la mejilla izquierda y le preguntó entre dientes si entendía la diferencia entre un operario, un jefe, un gerente y un director. Cuando Vanesa asintió con la cabeza, Juan Ignacio la volvió a golpear y le dijo que quien se creía que era para andar refregándole su dignidad de pobre, que no fuera estúpida porque la dignidad de los pobres no existía, que eso era sólo un invento de los poderosos para que los pobres se sientan orgullos de ser pobres y no pretendan ascender socialmente, pero que ella era tan idiota que no se había dado cuenta de eso.
Por fin Lucy comenzó a ladrar y Juan Ignacio soltó con fuerza a Vanesa. La perra corrió detrás del nieto de quien le había enseñado a cuidar, lo corrió hasta el auto y ladró, ladró y ladró y corrió hasta donde pudo, hasta donde sus patas de vieja guardiana le permitieron.
lunes 13 de noviembre de 2006
Eva
Si en el mundo no hubiera más que naturaleza
y retazos de hierba cubrieran mi cuerpo...
Y si, aburrida, sacudiera un árbol y sobre mis pálidos pies
cayera, roja y pulposa, una manzana...
Con deliciosa rebeldía y salvaje fruición, la mordería.
Y si, aburrida, sacudiera un árbol y sobre mis pálidos pies
cayera, roja y pulposa, una manzana...
Con deliciosa rebeldía y salvaje fruición, la mordería.
viernes 3 de noviembre de 2006
Stormy Weather
Dripping leaves sing: Feel me, Feel me
(little trees lean deeply)
Breathe this freezing wind, isn’t whistling? Miss me, Miss me
(dreams will sink in tingling streams)
Swim in this chilled sea, isn’t it weeping? Drink me, Drink me
(busy streets scream fiercely)
Heal this grieving skin, isn’t it bleeding? Kiss me, Kiss me
(in this city, mean spirits win)
Believe in this simple lyric, isn’t is speaking? Read me, Read me
Missing thee is killing me,
isn’t it silly?
miércoles 25 de octubre de 2006
Vestido Azul
Todavía no puedo salir de la vergüenza, pasan los días y no hay caso, cada vez que recuerdo el hecho, me sonrojo como si todavía Agustín Alberdi me estuviera mirando con esa mirada entre sorprendida y libidinosa.
Resulta que hace un par de días una amiga me arregló una cita con una persona que, aparentemente, era especial para mí. Hace casi tres años que vengo conociendo gente “aparentemente especial para mí”. Pero bueno, los amigos son sagrados y aunque nunca vayan a comprender lo que uno verdaderamente desea, hay que aceptarlos y sobre todo no rechazar sistemáticamente sus propuestas.
A mí las citas arregladas no me gustan nada, pienso que son una hipocresía total. Uno tiene que disimular que en realidad se muere porque el otro definitivamente sea su media naranja y en vez de conversar acerca de lo que realmente interesa, hay que opinar sobre el país, quejarse del clima cambiante, contar lo que uno hace en el trabajo.
Pero bueno, yo soy muy formal, siempre lo fui, y además si me negaba a asistir iba a tener que soportar un discurso acerca de mi miedo al compromiso y mi bloqueo sentimental y para eso ya la tengo a mi madre y a mi terapeuta. Así que dije que sí sin poner condición alguna. Ahora me viene el recuerdo del hecho absurdo que sucedió aquella noche y un frío eléctrico recorre mi espalda.Citas como éstas tuve muchas, antes solía tirarme el placard encima, pero con el tiempo fui optando por la ropa más cómoda. Recuerdo una vez me puse una pollera del tamaño de una vincha y después de unas caipiriñas a mi amiga se le ocurrió bailar, y en esos momentos no queda bien negarse, aún cuando uno no pueda moverse. Así que me paré como un poste y sacudí un poco las rodillas y los brazos. A veces la música brasileña puede ser odiosa.
La noche de la cita, esa noche absurda y trágica, tenía dos opciones: un vestido azul, sencillo, con breteles y escote en “V”, o un pantalón blanco holgado. Elegí el pantalón. Mal. Pésimo. Elegí mal, como siempre. Si hubiera optado por el vestido azul, no estaría escribiendo esta estúpida anécdota.Mientras me maquillaba pensaba en Agustín Alberdi, quiero aclarar que éste Agustín Alberdi, no tiene nada que ver con el productor de publicidad.
Agustín Alberdi es un nombre perfecto para imaginar cosas perfectas...Agustín Alberdi, Agustín Alberdi.
Llegué a la casa de mi amiga con media hora de retraso, antes de entrar al living ya tenía una caipiriña en la mano y ahí lo ví al Sr. Alberdi con toda su herencia patriótica arrojada sobre el sillón. Tenía cara de buen tipo, sería tonto no reconocer que apenas lo vi me relajé instantáneamente. Hay caras que a uno lo tranquilizan.Se me está haciendo larga la anécdota así que voy al grano, al hecho trágico y absurdo.
Cenamos en el patio, había vino y peceto con ensaladas varias. Hablamos del trabajo y del país pero entre una cosa y la otra hacíamos chistes, el Sr. Alberdi se reía de mis chistes, los suyos no estaban nada mal, puede decirse que todo venía bien hasta que la vi. Ahí estaba grande y marrón, mareada por las pintitas de las baldosas. Se me heló la sangre, odio profundamente a las cucarachas, es idiota, lo sé, pero les tengo miedo, sobre todo a esas enormes que aparecen en Primavera.
La sorpresa no me dio tiempo a reaccionar y en menos de un segundo la tenía trepando por mi tobillo, entonces lancé los cubiertos al demonio, creo que volqué mi vaso y una de las botellas, grité y moví de manera espástica mi pierna, lo que resultó peor porque la cucaracha se asustó y comenzó a subir con velocidad hasta mi rodilla. Entonces sin pensarlo, inmersa en una profunda sensación de asco y con miedo a que la intrusa se metiera entre mis piernas, me desabroché el pantalón y los bajé para ahuyentar a la maldita que ya estaba escalando por mis cuádriceps. Finalmente la cucaracha voló, yo me subí el pantalón mientras por el rabillo de un ojo veía la mirada del Sr. Alberdi, una mirada entre sorprendida y libidinosa. Nadie dijo nada, creo que mi amiga se moría por reírse, todos nos moríamos por reírnos, y pienso que no lo hicimos porque estas citas de porquería te vuelven un poco artificial, inevitablemente.
Un hecho vergonzoso lo que ocurrió, si me hubiera puesto el vestido azul no estaría contando esta estúpida anécdota. Pero para ser sincera, lo de la cucaracha no fue lo peor. Lo peor, y lo que ahonda mi vergüenza, fue algo que dijo el Sr. Alberdi. En realidad no sé si efectivamente lo dijo o si es producto de mi imaginación, pero en un momento de la noche yo creo haber escuchado un susurro acaramelado de alcohol, que decía: Lástima no haber sido cucarachita....
Resulta que hace un par de días una amiga me arregló una cita con una persona que, aparentemente, era especial para mí. Hace casi tres años que vengo conociendo gente “aparentemente especial para mí”. Pero bueno, los amigos son sagrados y aunque nunca vayan a comprender lo que uno verdaderamente desea, hay que aceptarlos y sobre todo no rechazar sistemáticamente sus propuestas.
A mí las citas arregladas no me gustan nada, pienso que son una hipocresía total. Uno tiene que disimular que en realidad se muere porque el otro definitivamente sea su media naranja y en vez de conversar acerca de lo que realmente interesa, hay que opinar sobre el país, quejarse del clima cambiante, contar lo que uno hace en el trabajo.
Pero bueno, yo soy muy formal, siempre lo fui, y además si me negaba a asistir iba a tener que soportar un discurso acerca de mi miedo al compromiso y mi bloqueo sentimental y para eso ya la tengo a mi madre y a mi terapeuta. Así que dije que sí sin poner condición alguna. Ahora me viene el recuerdo del hecho absurdo que sucedió aquella noche y un frío eléctrico recorre mi espalda.Citas como éstas tuve muchas, antes solía tirarme el placard encima, pero con el tiempo fui optando por la ropa más cómoda. Recuerdo una vez me puse una pollera del tamaño de una vincha y después de unas caipiriñas a mi amiga se le ocurrió bailar, y en esos momentos no queda bien negarse, aún cuando uno no pueda moverse. Así que me paré como un poste y sacudí un poco las rodillas y los brazos. A veces la música brasileña puede ser odiosa.
La noche de la cita, esa noche absurda y trágica, tenía dos opciones: un vestido azul, sencillo, con breteles y escote en “V”, o un pantalón blanco holgado. Elegí el pantalón. Mal. Pésimo. Elegí mal, como siempre. Si hubiera optado por el vestido azul, no estaría escribiendo esta estúpida anécdota.Mientras me maquillaba pensaba en Agustín Alberdi, quiero aclarar que éste Agustín Alberdi, no tiene nada que ver con el productor de publicidad.
Agustín Alberdi es un nombre perfecto para imaginar cosas perfectas...Agustín Alberdi, Agustín Alberdi.
Llegué a la casa de mi amiga con media hora de retraso, antes de entrar al living ya tenía una caipiriña en la mano y ahí lo ví al Sr. Alberdi con toda su herencia patriótica arrojada sobre el sillón. Tenía cara de buen tipo, sería tonto no reconocer que apenas lo vi me relajé instantáneamente. Hay caras que a uno lo tranquilizan.Se me está haciendo larga la anécdota así que voy al grano, al hecho trágico y absurdo.
Cenamos en el patio, había vino y peceto con ensaladas varias. Hablamos del trabajo y del país pero entre una cosa y la otra hacíamos chistes, el Sr. Alberdi se reía de mis chistes, los suyos no estaban nada mal, puede decirse que todo venía bien hasta que la vi. Ahí estaba grande y marrón, mareada por las pintitas de las baldosas. Se me heló la sangre, odio profundamente a las cucarachas, es idiota, lo sé, pero les tengo miedo, sobre todo a esas enormes que aparecen en Primavera.
La sorpresa no me dio tiempo a reaccionar y en menos de un segundo la tenía trepando por mi tobillo, entonces lancé los cubiertos al demonio, creo que volqué mi vaso y una de las botellas, grité y moví de manera espástica mi pierna, lo que resultó peor porque la cucaracha se asustó y comenzó a subir con velocidad hasta mi rodilla. Entonces sin pensarlo, inmersa en una profunda sensación de asco y con miedo a que la intrusa se metiera entre mis piernas, me desabroché el pantalón y los bajé para ahuyentar a la maldita que ya estaba escalando por mis cuádriceps. Finalmente la cucaracha voló, yo me subí el pantalón mientras por el rabillo de un ojo veía la mirada del Sr. Alberdi, una mirada entre sorprendida y libidinosa. Nadie dijo nada, creo que mi amiga se moría por reírse, todos nos moríamos por reírnos, y pienso que no lo hicimos porque estas citas de porquería te vuelven un poco artificial, inevitablemente.
Un hecho vergonzoso lo que ocurrió, si me hubiera puesto el vestido azul no estaría contando esta estúpida anécdota. Pero para ser sincera, lo de la cucaracha no fue lo peor. Lo peor, y lo que ahonda mi vergüenza, fue algo que dijo el Sr. Alberdi. En realidad no sé si efectivamente lo dijo o si es producto de mi imaginación, pero en un momento de la noche yo creo haber escuchado un susurro acaramelado de alcohol, que decía: Lástima no haber sido cucarachita....
domingo 22 de octubre de 2006
Duelos
por María Sol de la Cruz
consciencia racional, no anestesia. Sabés que va a pasar, y aun así duele.
Eso no te lo evita la práctica, nunca, pero se te pasa.
Te juro por mi vida que se pasa. Un día, sin que tengas mucho registro, sin que salga en los diarios, se te pasó.

Tristan Ludlow por Brad Pitt en "Leyendas de Pasión".


Petete.
Terminar una relación (o, mejor dicho, que te la terminen) conlleva un derrotero bastante regular. Todo eso que alguna vez te han dicho, aquello de que cada uno es un ser humano único e irrepetible, cae estrepitosamente cuando la persona amada te deja.
Primero vas a sufrir como Brad Pitt en Leyendas de Pasión: SIN INTERRUPCIONES. Estás triste, es ese llanto de ratoncito, chiquito, tímido, culposo. Llorás mares, pero despacito; es una etapa interesante porque te provoca una cosa catártica genial, se te hincha toda la cara pero de tanto llorar dormís como un bebé.
Eso viene sucedido, primero, por la sensación de que esa persona era LA persona para vos, que nunca más en tu vida vas a volver a sentir lo que sentiste y que no hay motivos para respirar. Esta es la etapa terrible, que puede o no estar combinada con estallidos de llanto a lo Linda Blair y todas las actitudes psicóticas habidas y por haber (llamar por teléfono y cortar, ininterrumpidamente, durante 15 horas, googlear a esa persona y escribirle a un supuesto primo noruego para saber si sus actitudes no se corresponden con una tara familiar, sentarte en el bar de enfrente de su laburo durante una semana a ver si llega o se va con alguien, etc.)
Hasta que llega un punto en que te cansás de ser Cathy Earnshaw y te convertís en Scarlett O'Hara: "Se van todos a la puta que los parió, a mí no me agarran más, yo no soy más la boludita que se engancha, voy a ser mala y fría y calculadora. Ja!".
A partir de ahí es cuando empieza la alternancia descabellada y elíptica:
Brad - Cathy - Scarlett - Cathy - Scarlett - Cathy - Brad - Scarlett - Cathy...
Primero vas a sufrir como Brad Pitt en Leyendas de Pasión: SIN INTERRUPCIONES. Estás triste, es ese llanto de ratoncito, chiquito, tímido, culposo. Llorás mares, pero despacito; es una etapa interesante porque te provoca una cosa catártica genial, se te hincha toda la cara pero de tanto llorar dormís como un bebé.
Eso viene sucedido, primero, por la sensación de que esa persona era LA persona para vos, que nunca más en tu vida vas a volver a sentir lo que sentiste y que no hay motivos para respirar. Esta es la etapa terrible, que puede o no estar combinada con estallidos de llanto a lo Linda Blair y todas las actitudes psicóticas habidas y por haber (llamar por teléfono y cortar, ininterrumpidamente, durante 15 horas, googlear a esa persona y escribirle a un supuesto primo noruego para saber si sus actitudes no se corresponden con una tara familiar, sentarte en el bar de enfrente de su laburo durante una semana a ver si llega o se va con alguien, etc.)
Hasta que llega un punto en que te cansás de ser Cathy Earnshaw y te convertís en Scarlett O'Hara: "Se van todos a la puta que los parió, a mí no me agarran más, yo no soy más la boludita que se engancha, voy a ser mala y fría y calculadora. Ja!".
A partir de ahí es cuando empieza la alternancia descabellada y elíptica:
Brad - Cathy - Scarlett - Cathy - Scarlett - Cathy - Brad - Scarlett - Cathy...
Cada día te sentís diferente, pero lo bueno es que la intensidad va disminuyendo, en una suerte de espiral ascendente y evolutivo...
Volvés a ser Brad, pero cada día es menos profunda la tristeza, volvés a ser Cathy, pero cada vez es menos cruento el dolor, volvés a ser Sacrlett, pero cada día es menos oscura la furia.
Hasta que un día te descubrís siendo vos otra vez. El recuerdo te sigue haciendo
cosquillas, porque fue importante, en la medida en que fue importante y no en la dimensión de una obsesión "todo me recuerda a ti". Dejás de tener la sensación de que hasta Petete está en pareja y vos sos el único ser sobre al faz de la tierra que está solo.
La ventaja es que cuando se termina tu "relación muy intensa" nº 2.354 ya tenés un poco de gimnasia, y hacés las mismas boludeces que hacías cuando se terminó la primera, pero al menos sos racionalmente consciente de que es una conducta masoquista, que te hace bien, durante un tiempo, regodearte en ese dolor, y que esa misma vieja sensación de final del mundo algún día pasa. DijeVolvés a ser Brad, pero cada día es menos profunda la tristeza, volvés a ser Cathy, pero cada vez es menos cruento el dolor, volvés a ser Sacrlett, pero cada día es menos oscura la furia.
Hasta que un día te descubrís siendo vos otra vez. El recuerdo te sigue haciendo
cosquillas, porque fue importante, en la medida en que fue importante y no en la dimensión de una obsesión "todo me recuerda a ti". Dejás de tener la sensación de que hasta Petete está en pareja y vos sos el único ser sobre al faz de la tierra que está solo.
consciencia racional, no anestesia. Sabés que va a pasar, y aun así duele.
Eso no te lo evita la práctica, nunca, pero se te pasa.
Te juro por mi vida que se pasa. Un día, sin que tengas mucho registro, sin que salga en los diarios, se te pasó.

Tristan Ludlow por Brad Pitt en "Leyendas de Pasión".

Regan Mc Neil por Linda Blair en "El Exorcista".
Cathy Earnshaw por Juliette Binoche en "Cumbres Borrascosas".
Scarlett O´Hara por Vivian Leigh en "Lo que el viento se llevó".

Petete.
martes 3 de octubre de 2006
domingo 24 de septiembre de 2006
E=mc2
Y pensar que el nombre "Einstein" en Alemán, quiere decir: Un adoquín.Algunas de sus frases célebres:* El sentido común no es más que un depósito de prejuicios establecidos en la mente antes de cumplir dieciocho años.
* No sé qué armas se emplearían en la tercera guerra mundial, pero en la cuarta se usarán palos y piedras"
* No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela.
* Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.
* Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.
* Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.
* Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.
* Lo más difícil del mundo es entender el impuesto a las ganancias.
* Dios aprieta pero no ahorca.
* Lo único que interfiere con mi aprendizaje es mi educación.
jueves 21 de septiembre de 2006
Overwork Saturation
- Dear readers, friends and Blogmates…
- Queridos lectores, amigos y compañeros de Blog…
- I´m happy to tell you…
- Estoy feliz de contarles…
- That I`ve got a new job...
- Que tengo trabajo nuevo…
- I edit subtitles for films.
- Edito subtítulos para películas.
The End
Fin
- Queridos lectores, amigos y compañeros de Blog…
- I´m happy to tell you…
- Estoy feliz de contarles…
- That I`ve got a new job...
- Que tengo trabajo nuevo…
- I edit subtitles for films.
- Edito subtítulos para películas.
The End
Fin
lunes 18 de septiembre de 2006
No es tan simple
Venganza (¡Las moralejas deberían ir al comienzo de los textos!): Una amiga me preguntó cómo se hace un Blog y le dije; “Es simple, entrás en la página principal y solita te va guiando”.
martes 12 de septiembre de 2006
"Con 8 basta"
"Cuni, estás nominada"
Mi amigo en la virtualidad, Mr. Fodor Lobson y todas sus personalidades, me convocaron para realizar un "meme" en el que debo responder 8 cosas sobre mí. Si bien también debía seleccionar a otras 8 personas para que hicieran lo mismo, lamento comunicarles que no lo haré porque no tengo la suficiente "confianza virtual" como para convocar a otras personas. Pero si quieren, respondo 8 veces 8 cosas distintas porque simplemente...¡me encantan estos memes!, je.
1) La gente que me conoce bien dice que soy hipersensible. Con el tiempo aprendí a tragarme el llanto y a pensar que a veces sólo se trata de una broma (es una broma, Cuni, es una broma, es sólo una broma, una broma, una broma y nada más, eso, Cuni, una broma).
2) Cuando me enfurezco soy capaz de decir cosas horribles, también puedo llegar a romper cosas.
3) Mi primer beso duró lo que tarda un ascensor en bajar nueve pisos y no escuché música de violines ni el graznar de las gaviotas ni la fuerza de las olas al romper en la orilla. Más bien tuvo gusto a frutillas y una prolongada sensación de que el ascensor no se detendría jamás.
4) Cuando quiero/amo a alguien soy capaz de darlo todo. Me cuesta terriblemente dejar de tener contacto con las personas que quise/amé. Soy de las que se acuerda de los cumpleaños de sus compañeros de secundario y los llama después de 10 años de no haber tenido contacto alguno.
5) Siempre fui inocente (lo sigo siendo, aún conservo la misma mirada que cuando tenía 16 años): Cuando era pequeña pensaba que los verdaderos nombres de las calles eran "Marcelote de Alvear" y "Bartolo Memitre".
6) Soy distraída: Una vez fui a tirar la bolsa de la basura al incinerador y cuando llegué al trabajo me di cuenta de que no la había tirado nada a la bolsa de la basura.
7) Para dormir uso placa dentaria contra el bruxismo, medias térmicas que subo por encima del pantalón pijama y antifaz (la luz me despierta)...desde hace unos años también necesito abrazar a una almohada.
8) Amo la música, no puedo pasar más de 10 horas sin escuchar música. Tengo una radio en el cuarto, en el living, en la cocina y otra en el baño.
Mi amigo en la virtualidad, Mr. Fodor Lobson y todas sus personalidades, me convocaron para realizar un "meme" en el que debo responder 8 cosas sobre mí. Si bien también debía seleccionar a otras 8 personas para que hicieran lo mismo, lamento comunicarles que no lo haré porque no tengo la suficiente "confianza virtual" como para convocar a otras personas. Pero si quieren, respondo 8 veces 8 cosas distintas porque simplemente...¡me encantan estos memes!, je.
1) La gente que me conoce bien dice que soy hipersensible. Con el tiempo aprendí a tragarme el llanto y a pensar que a veces sólo se trata de una broma (es una broma, Cuni, es una broma, es sólo una broma, una broma, una broma y nada más, eso, Cuni, una broma).
2) Cuando me enfurezco soy capaz de decir cosas horribles, también puedo llegar a romper cosas.
3) Mi primer beso duró lo que tarda un ascensor en bajar nueve pisos y no escuché música de violines ni el graznar de las gaviotas ni la fuerza de las olas al romper en la orilla. Más bien tuvo gusto a frutillas y una prolongada sensación de que el ascensor no se detendría jamás.
4) Cuando quiero/amo a alguien soy capaz de darlo todo. Me cuesta terriblemente dejar de tener contacto con las personas que quise/amé. Soy de las que se acuerda de los cumpleaños de sus compañeros de secundario y los llama después de 10 años de no haber tenido contacto alguno.
5) Siempre fui inocente (lo sigo siendo, aún conservo la misma mirada que cuando tenía 16 años): Cuando era pequeña pensaba que los verdaderos nombres de las calles eran "Marcelote de Alvear" y "Bartolo Memitre".
6) Soy distraída: Una vez fui a tirar la bolsa de la basura al incinerador y cuando llegué al trabajo me di cuenta de que no la había tirado nada a la bolsa de la basura.
7) Para dormir uso placa dentaria contra el bruxismo, medias térmicas que subo por encima del pantalón pijama y antifaz (la luz me despierta)...desde hace unos años también necesito abrazar a una almohada.
8) Amo la música, no puedo pasar más de 10 horas sin escuchar música. Tengo una radio en el cuarto, en el living, en la cocina y otra en el baño.
Sinestesia
Yo creía que era parte de mi locura hasta que un buen día llegó a mis manos una nota periodística que de alguna manera le otorgaba cierto valor “científico” a mi síntoma: la Sinestesia. Al parecer, un fenómeno por el cual un pequeño porcentaje de la población experimenta simultáneamente sensaciones procedentes de dos sentidos cuando reciben estimulación en sólo uno de ellos. Esto significa que un “sinestésico” puede percibir vívidos colores o sabores cuando ve palabras escritas o cuando escucha música.
Hasta el momento se han documentado casos de distintas combinaciones posibles entre los diferentes sentidos. Quisiera compartir mis combinaciones predilectas y personales. En esta oportunidad se trata de ciertas comidas y/o bebidas que algunos nombres propios me dan ganas de comer y/o beber.
Zinedine Zidane: Lemmon Pie.
Natasha Kinski: Jugo de naranja exprimido.
Franz Ferdinand: Pastafrola.
Federico Nietzsche: (no, knishes no) Caramelos de anís.
Claude Chabrol: Chocolate con pasas.
Verónica Varano: Banana split.
Rodolfo Ranni: Tagliatelle al scarparo.
Flavia Palmiero: Palmeritas.
Arthur Schopenhauer: Avellanas
Jacinta Pichimahuida: Huevo polle.
Jorge Valdano: Sopa.
Roger Federer: (no, Ferrero Roger no) Fideos con manteca y queso.
Grecia Colmenares: Bife de chorizo con papas fritas a la provenzal.
Sigmund Freud: Strudel de manzana.
Maya Plisetskaia: Miel.
Roque Narvaja: Menta y limón.
Florencio Escardó: Cheesecake de frutillas
Hasta el momento se han documentado casos de distintas combinaciones posibles entre los diferentes sentidos. Quisiera compartir mis combinaciones predilectas y personales. En esta oportunidad se trata de ciertas comidas y/o bebidas que algunos nombres propios me dan ganas de comer y/o beber.
Zinedine Zidane: Lemmon Pie.
Natasha Kinski: Jugo de naranja exprimido.
Franz Ferdinand: Pastafrola.
Federico Nietzsche: (no, knishes no) Caramelos de anís.
Claude Chabrol: Chocolate con pasas.
Verónica Varano: Banana split.
Rodolfo Ranni: Tagliatelle al scarparo.
Flavia Palmiero: Palmeritas.
Arthur Schopenhauer: Avellanas
Jacinta Pichimahuida: Huevo polle.
Jorge Valdano: Sopa.
Roger Federer: (no, Ferrero Roger no) Fideos con manteca y queso.
Grecia Colmenares: Bife de chorizo con papas fritas a la provenzal.
Sigmund Freud: Strudel de manzana.
Maya Plisetskaia: Miel.
Roque Narvaja: Menta y limón.
Florencio Escardó: Cheesecake de frutillas
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